miércoles, 31 de agosto de 2011

Apuntes sobre Jorge Zabala

 


Apuntes sobre Jorge Zabala

Es difícil citar las frases geniales de Jorge Zabala, quizá porque su lógica es distinta, no racional sino poética, presta a relacionar los extremos aparentemente más absurdos en una nueva opción de sentido. Escucharlo era viajar a otros mundos, pero repetir lo que decía sigue siendo difícil. Por eso alabo la memoria de los amigos que pueden citarlo textualmente, con frases maravillosas que superarían con mucho a Ambrose Bierce, a Lautréamont o a Cioran y colmarían un buen volumen. (Es cuestión de proponerse).

A fines de agosto conté una anécdota en Facebook sobre este buen amigo que hoy vive en Tiquipaya. Dice así:
Una anécdota del inolvidable Jorge Zabala. Me la contó por casualidad Rolando López, esta mañana. Dice que iba en la vieja vagoneta de don Rafito Gumucio, y al pasar vio a Jorge Zabala que permanecía cara a la pared en la esquina de una casa fuera de rasante. Volvieron a pasar y Jorge seguía en el mismo lugar. Se acerca Rolando y le pregunta si se encontraba bien, y Jorge dio una explicación, que cito de memoria: Le estoy dando la espalda a esta ciudad. No quiero darle el gusto de mirarla.

Recibí al menos dos respuestas interesantes, que paso a citar:
Alex Federico Rodriguez Un día en la Calle Peru frente al Bustillos, se acercó Jorge y me preguntó: “ Fico, ¿has visto pasar mi conciencia? Estoy vacío”. Y yo le contesté: “¿Qué rasgos tiene? Y me respondió: “Tiene buena cara y ya me tengo que ir”. Y siguió caminando hacia la 25.
Gary Daher
En realidad el Jorge que recuerdo, del café en la Heroínas, navegaba entre sus notas. Iba de habitación en habitación de su biblioteca mental, como si fuera un laberinto. Mágico, salía de Kubla Khan de Coleridge para ingresar de pronto en las propiedades de la hoja de coca y regresar, por así decirlo, de improviso a las consideraciones de las publicaciones supuestamente negadas por el periódico Los Tiempos, zambullirse en apreciaciones sobre los paceños (a quienes miraba con recelo), trayendo sin motivo a Sergio Almaraz Paz, y así por delante. Todo de un solo saque, como si en su sombrero de mago habitara el mundo en un bello caos de erudiciones. Mientras al rededor todos escuchábamos entre fascinados, incrédulos y divertidos, a ese sol del café llamado Jorge Zabala.

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sábado, 27 de agosto de 2011

Qué significa ser un Tambor

Qué significa ser un Tambor
En este cálido y maravilloso mes de septiembre me suele recrudecer el amor que siento por Cochabamba, y no faltan los cuestionarios que me envían del interior, suponiendo que soy un conspicuo valluno, como que nací en Caracota y me crié en las Villas Montenegro y Galindo, de modo que soy caracoteño y villano de pura cepa.

Me preguntan cómo es un cochabambino y prefiero opinar cómo es una cochabambina. Es una mujer sumamente laboriosa y constructiva. Hablo de la chola, naturalmente, que mucho antes del 52 dio muestras de ser dueña de su destino y de sus negocios, al punto que muchas veces su cónyuge se reduce al papel de "respeto de la casa". Augusto Céspedes decía en los 40s que la chola era la única mujer boliviana emancipada económica y sexualmente. Ya D'Orbigny observó que la gente de este valle se caracterizaba por su extrema movilidad, pues viajaban por todo el territorio y aun más lejos de la Audiencia de Charcas llevando productos agrícolas, hilados, tejidos y artesanías. Comenta también que eran sumamente frugales mientras viajaban pero festivos y pródigos a su retorno al valle.

Se suele decir que somos envidiosos, pero no hay el mismo interés en rescatar los profundos lazos de solidaridad que hay en las clases populares. Aquí se ha inventado el pasanaku, que es un préstamo colectivo basado en la buena fe. El parentesco espiritual teje también redes familiares muy extensas y solidarias. Algunos técnicos dicen que en este valle hay mucha estática, es decir, energía negativa. He sugerido que construyamos un arco en el Aeropuerto que diga: Bienvenidos a Cochabamba. No somos como dicen.

Entre nuestros atributos más queridos, la chicha debería merecer una denominación de origen. La cocina debería ser un arte regional de todos los cochabambinos. La clima, como se dice acá, crea un ambiente caricioso y propicio al disfrute de la vida. Deberíamos eliminar la propensión al derribe de árboles. Somos temibles enemigos de los árboles, ya para construir, ya para hacer leña o para convertirlos en dinero. Otra plaga son los tinglados y los pisos de cemento.

EL PRESENTE LIBRO
Este es un libro de lectura fácil y al alcance de todos, dedicado en especial a los estudiantes de Secundaria, que cuenta algunas de las muchas anécdotas que deberían quedar en la memoria de quienes tenemos el privilegio de vivir en la Llajta.
Los textos están ilustrados con abundante material gráfico: fotografías antiguas y desconocidas, etiquetas y avisos publicitarios del pasado y algunos recuerdos gratos y personales del Cronista de la Ciudad.
Como se recordará, el 14 de septiembre de 2010, en la Sesión de Honor del H. Concejo Municipal, fui designado Cronista de la Ciudad de Cochabamba, un cargo ad honorem que consiste en confiarme la memoria de nuestra ciudad para conocerla mejor a través de publicaciones constantes. He vivido junto a cultores de la filosofía del exceso, unos revolucionarios, otros militantes de la buena vida; pero mi misión era otra, era dar cuenta de ello. Salvando distancias entre el talento literario y el coraje del Tambor Mayor José Santos Vargas y el talante modesto de este servidor, ¿qué cosa es un Cronista de la Ciudad sino un Tambor Mayor? ¡Cómo me gustaría que me llamaran Tambor Rocha!
A fines del siglo XIX y principios del siglo XX, la pequeña aldea republicana en que vivían nuestros tatarabuelos es sacudida por la ideología del progreso. En una década a partir de 1908 estrenamos la energía eléctrica y el transporte público en tranvías con la fundación de ELFEC; la telefonía con la línea pionera instalada por Juan de la Cruz Torres, la primera empresa telefónica Peña y Asociados, proceso que culmina en la fundación y fortalecimiento de COMTECO; la Cervecería Taquiña, que está ligada a la presencia de prestigiosos migrantes alemanes en nuestra ciudad; e incluso exploramos napas de petróleo en Kaluyo, como lo testimonia la Compañía “Águila Doble”, de Ramón Rivero y otros visionarios cochabambinos, entre otras empresas. Ese proceso está ligado a un cambio de mentalidad preconizado por personalidades como Juan de la Cruz Torres, Adela Zamudio, Man Cesped, Cesáreo Capriles, Ramón Rivero, Rodolfo Montenegro, Demetrio Canelas, la familia Anaya Arze, Carlos Montenegro y Augusto Céspedes, los cuales protagonizan la lucha por el progreso en el campo de las ideas, defendidas con vigor, como lo testimonia la célebre polémica de Adela Zamudio con Fray Pierini o con buen humor, reflejado en los numerosos periódicos que se fundaron en esta vena.
Sin embargo, hay estructuras profundas que permanecen en el tiempo: el recuerdo de la vida indígena y la vida colonial, el asombro de los primeros viajeros europeos que llegaron a nuestro valle, los fastos de la guerra de la Independencia, los héroes de Junín y Ayacucho, como Pedro Blanco, León Galindo, José Rodríguez y Francisco Suárez (bisabueno de Jorge Luis Borges), que vivieron en la Llajta; la sociedad agraria y apenas urbanizada; las costumbres de la vida campesina; la chicha como protagonista de la democratización de la sociedad oligárquica y del progreso urbano; la vida cotidiana ligada a nuestra condición de Granero de Bolivia; el auge de la gastronomía; la estética valluna basada en la gordura y la prosperidad y algunos personajes populares, representantes de la picardía valluna.
Ramón Rocha Monroy
CRONISTA DE LA CIUDAD

LA PAX COLONIAL Impresiones de los viajeros

LA PAX COLONIAL
Impresiones de los viajeros
Siempre me ha fascinado imaginar el asombro de los viajeros cuando divisaron desde las alturas el cuenco del valle cochabambino: su verdor, su clima amable, los rumores de vida que se escuchaban allí abajo, los numerosos cursos de agua y, sobre todo, la tipología humana de un sitio bendecido por la producción agraria: hombres y mujeres rotundos y fuertes, alimentados con grano, en medio de una estética dominada por la esfera, porque todo aquí es robusto y esférico: los cántaros, las tutumas, las ollas, los senos, los vientres y la prosperidad de una comunidad próspera y… esférica, producto de una buena alimentación, que se remonta mucho antes de la llegada de los españoles. Así nos vio Alcide d’Orbigny, que recorrió buena parte de Bolivia entre 1826 y 1834 y, no obstante que se queja de las enfermedades endémicas y la falta de higiene en otras comunidades, muestra su complacencia cuando llega a la Llajta:
“Desde la cordillera oriental cayeron de repente mis miradas a algunos millares de pies, sobre los ricos valles de Cochabamba. Qué singular contraste aquel con el de los riscos donde me encontraba” Era la imagen del caos al lado de la más grande tranquilidad: era la naturaleza triste y silenciosa en presencia de la vida más animada. Yo veía pues, en medio de áridas colinas, dos extendidos llanos cultivados y guarnecidos por todas partes de casuchas y bosquecillos, entre los que se distinguían gran número de aldeas, una grande ciudad a la que hacían sobresalir sus edificios como a una reina en medio de sus vasallos. Nada puede efectivamente compararse a la sensación que produce el aspecto de esas llanuras, cubiertas de caseríos, de plantaciones y de cultura. (…) Se creería ver allí la tierra prometida en el seno del desierto.”
“El habitante de Cochabamba, siempre tan dispuesto a divertirse y embriagarse con chicha, es, en los viajes, el hombre más sobrio y sobre todo más económico. Tiene, por encima de todo, un espíritu emprendedor y viajero. (…) Comerciantes por excelencia, a quienes nada les importan las fatigas, hay en todos los caminos, mestizos con sus mulas o con sus asnos cargados de mercaderías, que van a vender a todas partes. Por lo general, sus provisiones consisten entonces en una bolsa de maíz tostado. Se detienen en lugares deshabitados para hacer pacer sus bestias o viven en la ciudad con la más estricta economía, a fin de ahorrar dinero para sus familias, para cuando llegue el momento de compartir los placeres con ellas.”
Y así podríamos citar encomios de nuestro valle pronunciados por viajeros europeos como Mousnier, Thedor Herzog e incluso Fray Francisco Pierini, prior del Convento de Tarata y luego Arzobispo de La Plata, que protagonizó, como veremos, una aguda polémica con la señorita Adela Zamudio.
Sin embargo, ya en esa época, d’Orbigny se quejó de “la gran penuria de agua”, que hasta hoy es un problema serio en nuestro valle, aunque no siempre lo hayamos tomado así, como lo ilustra el verso de Jorge Suárez, que habla precisamente de un viajero europeo en trance de conocer la Llajta:
--Decidme, buen hombre, ¿en este valle
El agua mana?
--Mana, wirakocha, mana.

Tres fundaciones de Cochabamba

Tres fundaciones de Cochabamba
Usualmente se habla de dos fundaciones de Cochabamba en 1571 por Gerónimo de Osorio y en 1574 por Sebastián Barba de Padilla, con el nombre de Villa de Oropesa; pero se omite la más antigua, efectuada por el inca Huayna Kapac, que gobernó el imperio de 1493 a 1525 y rescató para este valle el nombre de Kochaj-pampa, castellanizado luego como Cochabamba.
Reducidos y diezmados los habitantes originarios de este valle, Huayna Kapac trasladó grupos de mitimaq para establecer una zona de producción masiva de maíz, como lo prueban cerca de 2.500 silos de almacenamiento de gramíneas hallados en el valle, especialmente en Cotapachi, por el Departamento de Arqueología de la Universidad de San Simón, mientras los originarios fueron enviados a resguardar la frontera sudeste del imperio contra las invasiones de tribus selváticas. Incarrakay, cerca de Sipe Sipe, era un tambo principal para el acopio de maíz enviado al Cusco. Y junto a estas actividades económicas, se dio el establecimiento de un panteón de deidades que propiciaban ritos de fertilidad agrícola y prosperidad.
FUNDACIÓN DE LA VILLA DE OROPESA
Documentos de la época e investigadores coinciden en que la Villa de Oropesa fue fundada en 1571 por Gerónimo de Osorio en el asiento indígena de Canata, poblado por indios canas, aymara hablantes y procedentes de las cercanías del Cusco. La discusión tiene nuevas luces a raíz de una publicación de 1995, que precisa la ubicación de Canata en el barrio conocido como El Pueblito, ubicado a orillas del río Rocha, entre las avenidas actuales Rubén Darío al oeste, América al norte y la prolongación de la Uyuni al este y al sur; y no en las cercanías del cerro de La Coronilla o cerca de la Plaza 14 de septiembre. La investigación arqueológica citada encontró abundante cerámica tiwanakense e incaica en la zona de El Pueblito, no así en las excavaciones en la Catedral, efectuadas durante su última remodelación. Esto explicaría que no hubo asentamientos precolombinos en la actual Plaza de armas, pero sí, y abundantes, en la zona de El Pueblito, que era un sitio estratégico por la angostura del paso al valle de Sacaba.
A poco de fundarse la Villa de Oropeza, uno de los españoles más antiguos en la región, Garci Ruiz de Orellana, litigó con Osorio porque la mencionada Villa había afectado posesiones suyas. Los primeros españoles se asentaron aquí alrededor de 1540 en el pueblo indígena de Canata, donde establecieron un “asiento” en el cual hicieron numerosas transacciones con notarios y otras autoridades jurisdiccionales. El pleito de deslinde duró hasta después de la segunda fundación de Oropeza en 1574 por Sebastián Barba de Padilla, quien trazó la actual Plaza 14 de septiembre y las calles adyacentes con el trazo acostumbrado de damero. Una provisión virreinal determinó que se otorgaran chacras a los españoles asentados en un rectángulo que va desde El Pueblito hasta la Laguna Alalay, llamada entonces de La Tamborada. La provisión indicaba que la provisión debía hacerse sin trazado de calles y destinada a establecer cuadras, por lo cual la zona se llama desde entonces Las Cuadras, en cuyo confín sur, a orillas de la laguna Alalay, el inca tenía un corral de camélidos. El río de Canata (hoy Rocha) corría pegado a la serranía de San Pedro; recién en 1585 Martín de la Rocha recibió autorización para desviar sus aguas hacia sus tierras ubicadas en La Chimba, por el actual curso, y por eso se habría llamado “el Río de Rocha”, más tarde simplemente Rocha.
Algunas dificultades tendría Osorio con Barba de Padilla porque éste no cumplió una provisión virreinal que le otorgaba dos solares en la acera norte de la Plaza de Armas. Padilla argüía que Osorio había escogido mal el lugar de fundación en tierras cenagosas y malsanas, como que los indios se quejaban de haber muerto ahí con cámaras de sangre en el vientre. Los documentos de la época precisan la ubicación de dos vertientes que más tarde dieron lugar a los balnearios de Chorrillos y El Cortijo. Además Osorio consiguió que le indemnizaran por las tierras ocupadas concediéndole la misma extensión en el actual pueblo de Chiñata, que en esos documentos figura como Chinata.
También se hace mención a cuatro de los primeros pobladores españoles de la época: Garci Ruiz de Orellana, Francisco Pizarro (homónimo, tal vez pariente del conquistador del Perú), Pedro de Estrada y Andrés de Rivera.
Canata era posesión de los indios de Sipe Sipe, tal vez desde antes de la ocupación incaica, que pobló este valle en un sentido multiétnico con agricultores mitayoq y mitimaes para beneficio del Estado central. Los Sipe Sipe probablemente serían icayungas, es decir, del actual departamento de Ica, Perú, los cuales tejían arte plumario para uso del inca. Cerca de Canata convivían indios de Tapacarí y de, todos de la etnia sora. También se habla de cavis y chuys, como nativos del lugar.
EL ESCUDO DE LA CIUDAD
El escudo de la Ciudad de Cochabamba y del Gobierno Municipal es un escudo europeo que data del año 1512 y corresponde a Don Fadrique Álvarez de Toledo, conquistador del reino de Navarra a nombre del reino de Castilla, de quien descendía el Virrey Toledo. Consta de un jaquelado de 15 cuadradas en azur y plata, sobre el cual se han hecho algunas modificaciones según herencias y matrimonios. El escudo que mencionamos es una variante del correspondiente al Duque de Alba. Los Álvarez de Toledo se hacen nobles en el siglo XIV al obtener el señorío de alba de Tormes y el título de Conde de Oropesa y el Ducado de Alba por servicios prestados a la corona española. Por eso el nombre original de Cochabamba era Villa de Oropesa.

Este escudo tiene 15 cuadrados iniciales en 3 filas de a 5. Al pasar los años ganan 8 castillos y 8 leones (que aluden a los reinos de Castilla y León), un ángel con tabardo jaquelado y con alas de plata con los brazos extendidos. El brazo derecho sostiene una espada con empuñadora de oro y el izquierdo un mundo coronado por una cruz. El lea a los lados del ángel en latín dice: Tu in ea et ego pro ea, Tú en ella y yo por ella, lema de los Duques de Alba, la casa con mayores títulos de nobleza de Europa. En la parte superior del campo ajedrezado y debajo del ángel hay una corona y a los lados 14 lanzas con banderolas que aluden a la guerra y expulsión de los moros.

El escudo departamental es de inspiración francesa. Fue aprobado por el Concejo Municipal en 1898. Está dividido en tres cuarteles o campos. En el campo inferior originalmente había una representación del Tunari, que fue sustituida por una balanza de Temis, diosa de la Justicia; y al caduceo del cuartel superior se le agregaron alas.
La balanza es signo de la justicia. El caduceo griego es el equilibrio entre fuerzas antagónicas. El haz de trigo representa a la agricultura y la unión de los cochabambinos.
Sobre la "mesa de espera" se lee 14 de Septiembre entre ramas de laurel y olivo, y a los lados, estrellas de 5 puntas representando a las provincias. Por debajo, dos grandes ramas de laurel y olivo anudadas con una cinta tricolor que se agregó posteriormente.

La Resolución del Concejo que modifica el escudo, en su parte resolutiva dice:
"En uso de sus atribuciones, modifica el escudo departamental así: Tiene la forma francesa, dividido en tres cuarteles: el primero de la derecha llega un campo de gules, 3 espigas de oro entrelazadas con cinta del mismo color; el de la izquierda en campo de oro un caduceo de azur con las serpientes de sinople; y el tercero que ocupa la parte inferior, una balanza en equilibrio, en cuyo primer platillo hay tres pilas de monedas de oro y en el segundo dos pesas.
El escudo está sobremontado de una corona cívica en cuyo centro se lee "14 de Septiembre" y rodeado de 12 estrellas que representan los distritos municipales. El conjunto está exornado de un trofeo de armas y los colores nacionales. Cochabamba, 17 de octubre de 1898. Venancio Jiménez. Julio Quiroga V., Secretario. La palabra sinople indica color verde. (Cfr.: Jorge Mostajo Salinas: “La historia de Cochabamba a través de las medallas y monedas" en Nuevas visiones históricas de Cochabamba, Cochabamba, 2010).

EL TIEMPO HEROICO La ermita de San Sebastián

EL TIEMPO HEROICO
La ermita de San Sebastián
En La Coronilla fue erigida una ermita donde se honraba la fiesta de San Sebastián. Seguramente era ya un sitio sagrado antes de la Conquista, una huaca prehispánica, pues es una colina que domina todo el valle de Cochabamba, y por eso la Iglesia erigió allí una capilla donde se festejaba ruidosamente al santo mártir. ¿Pero qué fue de la capilla? Que fue derruida en 1731 después de que clavaron allí el brazo derecho de Alejo Calatayud en una pica, mientras otros miembros eran repartidos en sendas picas clavadas en Jaihuayco y los caminos a Tacaparí, Arque y Sacaba. Como añadidura, la sevicia de la dominación colonial ordenó la destrucción de la capilla, y el sitio donde estaba fue rociado con sal, para que jamás creciera allí la hierba.
Desde entonces La Coronilla perdió su carácter sagrado y San Sebastián se quedó sin su fiesta tradicional, que ahora dicen se celebra en un domicilio particular próximo a la Avenida Siles.
¿Qué hubiera ocurrido si existía la capilla y el culto a San Sebastián aquel 27 de mayo de 1812? Que probablemente algunas de las mujeres que resistieron el ataque del ejército realista se hubieran refugiado en la capilla y quizá Goyeneche no se hubiera atrevido a profanarla. Pero, desde entonces, la Coronilla fue escenario de corrida de toros, de fiestas cívicas, es decir, laicas, de amoríos ocultos y de refugio de jóvenes marginados por la sociedad.
Me baso en lo narrado por Roberto Querejazu Calvo en su libro “Chuquisaca 1538-1825”. En 1725, Felipe V ordenó empadronar nuevamente a los indios de las Colonias para mejorar el cobro del tributo, venido a menos por la enorme cantidad de nativos que murieron por el rigor de la dominación española y las enfermedades que trajo la Conquista, como la influenza y la viruela, entre otras. El caso es que los visitadores empadronaban también a los mestizos como si fueran indios, no obstante que por tener algo de sangre española estaban exentos del pago del tributo. Entonces los mestizos se levantaron bajo las órdenes de Alejo Calatayud y se hicieron fuertes en La Coronilla. Se produjo un combate en Jaihuayco, donde 18 españoles fueron victimados con saña, incluido el alcalde, cuyo bastón de mando fue arrebatado por Calatayud. Era el 29 de noviembre de 1730 y los españoles se refugiaron en todos los conventos e iglesias; pero el movimiento concluyó con un acta de entendimiento suscrita el 9 de diciembre, y luego Calatayud fue capturado con engaños y ahorcado el 31 de enero de 1731. Luego lo descuartizaron en La Coronilla, clavaron sus miembros en picas y frieron su cabeza en aceite para enviarla al Virrey. La capilla fue derruida por 70 indios a sugerencia del oidor Manuel Isidoro de Mirones (que Dios lo tenga donde ameritan sus pecados). Los bienes de Calatayud fueron confiscados, demolida su casa y rociada con sal. Todos sus parientes fueron declarados “traidores, infames y rebeldes perniciosos” y su madre fue puesta en venta como esclava, pues habría sido mulata o negra, como que a Calatayud lo apodaban el Zambo. En fin, su esposa, de 22 años, fue encerrada en el monasterio de Santa Clara.
Quizá esta sea la salvación de nuestra augusta Colina: restituir el culto a San Sebastián, depositado en la Catedral hace casi dos siglos, y erigir allí un santuario que podría tener miles de devotos porque es una zona popular. Allí también deberíamos erigir un monumento para preservar la memoria de Alejo Calatayud.

Calatayud y La Serpiente Negra

Calatayud y La Serpiente Negra
Don Luis Felipe Guzmán Achá, Cancelario en 1896 y Rector en 1906 de la Universidad de San Simón, dejó tradiciones escritas y recopiladas por el poeta Héctor Cossío Salinas, que hablan de la primera adjudicación de las aguas y acequia conocida hoy como La Serpiente Negra a Alejo Calatayud, el caudillo de la rebelión cochabambina contra el yugo español en 1730. Quizá hubiera prosperado el levantamiento por el enorme apoyo que tenía el platero, don Alejo, si no lo traicionaba su compadre, que pasó a la historia como un traidor. Se llamaba Francisco Rodríguez Carrasco y su defección determinó el ajusticiamiento de Calatayud y él mismo se brindó a someter al más crudo interrogatorio a la madre y a la esposa del insigne platero. Por ese documento se sabe que la madre era negra, y que, luego del ajusticiamiento de Alejo, fue reducida a la esclavitud.
Rodríguez Carrasco pidió recompensa para regar sus terrenos comprados al Hospital San Juan de Dios y ubicados detrás de La Coronilla y le fueron otorgadas las aguas y la acequia de La Carbonería. Dieciocho años después, dichas aguas infestaban la zona con su pestilente olor y la nube de microbios que asolaban al vecindario y fueron foco de infección durante dos siglos y medio. “Del fondo de esa abominable acequia, parece que se exhalaba el espíritu pestilente del que creyó que su adjudicación gratuita le hacía falta para sobrevivir perpetuamente execrado de las generaciones. ¡A tal mérito, tal recompensa!”, escribió Don Luis Felipe Guzmán, y sus palabras se mantuvieron vigentes hasta fines del siglo XX.

Un episodio de la Guerrilla de Ayopaya

Un episodio de la Guerrilla de Ayopaya
José Santos Vargas, el legendario Tambor Vargas, Comandante de la Guerra de la Independencia en los valles de Ayopaya, Sica Sica y los Yungas, de La Paz, dejó un famoso Diario, que es único en el continente, pues no hay otro testimonio escrito de la Guerra Patria.
Es un documento poco leído pero sí estudiado con dedicación por don Gunnar Mendoza y por la investigadora francesa Marie-Danielle Demélas.
El Cronista de la Ciudad ha hecho una adaptación de uno de los acontecimientos que narra el Tambor. Dice así:
EL INCENDIO DEL PAJONAL
En una ladera del Cerro Chicote que llaman Tomaycuri, donde el camino parece una raya en la pared, ocurrió otro episodio que muestra el temple de Lira con sus hombres. Habíamos salido de Mohosa y marchábamos hacia el Cerro Chicote, con dirección a las alturas de Pocusco, cuando nos había estado siguiendo el subdelegado Agustín Antezana con 120 hombres. Botaron patrullas a la cumbre, al río y al centro iban oficiales y jinetes. Éramos 26 hombres y caminábamos en fila por el sendero estrecho cuando sentimos voces del enemigo que nos gritaban desde una patilla ubicada sobre nosotros, de modo que éramos presa segura. Ofrecían la piedad del Monarca invicto y el indulto a Lira. Me di la vuelta y lo vi demudado y pálido, porque al parecer no había más remedio que entregarse, pero de pronto nos dijo que por nada del mundo debíamos caer.
--Más vale morir peleando con bayonetas. Moriremos por la Patria, nos pondremos en manos del Ser Supremo –nos arengó.
En eso, el soldado Pedro Loayza, natural de Tiquirpaya, población cercana a Palca, quiso hablar.
--Mi comandante, yo no voy a caer preso. Más vale morir desbarrancado.
Y se tiró al abismo ante el estupor de los 25 compañeros que lo sentimos caer y caer sin llegar al fondo. Lira quiso precipitarse a su turno pero lo agarramos entre todos, si no, se entraba al barranco. Recuperó el control y volvió a la carga.
--A ver, a botar sus fusiles. Agárrense de las manos. Yo seré el primero en morir por amor a la Patria –nos dijo.
Así quería que todos nos tiráramos al abismo. Serían las tres de la tarde y los realistas seguían la escena en medio de risas y burlas, cuando el sargento Julián Reynaga, natural de Machaca, sobrino del cura doctor Zeballos, le habló a Lira.
--Mi comandante, quemaremos el pajonal y así tal vez podamos escapar.
Lira lo escuchó y cambió de semblante. Cargó su fusil sólo con pólvora, mojó el cartucho en la boca, rastrilló y disparó. Salió del fusil un fogonazo porque la pólvora se prendió al cartucho mojado y prendió el pajonal.
--¡Como puedan peguen fuego! –ordenó Lira.
Con las descargas que hicimos y el viento de la montaña, el incendio creció de abajo arriba, pero también porque las pajas estaban crecidas más que la altura de un hombre. El enemigo huyó cuesta arriba pidiendo misericordia porque el fuego los cercaba y las llamas eran capaces de atemorizar a un ejército. Se quitaron las cartucheras para no abrasarse con los paquetes de pólvora y botaron sus fusiles. Cuando llegamos a la cumbre, rescatamos 17 fusiles y más de 40 cartucheras que volaban totalmente achicharradas en medio del fuego. Lira daba gracias a Dios con lágrimas en los ojos, feliz de que nos salváramos todos. Únicamente tuvimos que lamentar la muerte de Pedro Loayza. Lira era así de eufórico. Se secó las lágrimas y me pidió que tocara zafarrancho.
--Al ataque, muchachos. ¡Al humo! ¡Qué Rey invicto ni qué ocho cuartos! ¡Sólo la Patria es invicta! ¡A ver el Rey que apague el incendio!
Era hermoso verlo así alto, grueso y erguido, con la barba al viento y agitando el sombrero en la mano, como un abanico, alentándonos para perseguir al enemigo.
Del enemigo quedaron dos muertos que fueron comidos por los buitres; los demás huyeron como pudieron. Así bajamos al Río Grande de Ayopaya, que discurre en la base del Cerro Chicote y separa este cerro del de Pocusco, pensando en que la ligereza de Lira pudo costarnos la vida, así fuera en nombre de la Patria, pero su resolución nos salvó al incendiar el pajonal.

Héroes cochabambinos de la Guerrilla de Ayopaya

Héroes cochabambinos de la Guerrilla de Ayopaya
Estas son las semblanzas que escribió José Santos Vargas sobre los héroes de la guerrilla de los Valles nacidos en Cochabamba. Son héroes olvidados cuya memoria estamos obligados a preservar:
PEDRO ÁLVAREZ. Natural del pueblo de Morochata. Fue sargento segundo en 1810. Fue emigrado al ejército, tuvo parte en las acciones del Tucumán y Salta. El año de 1813 de la acción de Macha se dispersó, se vino a su país. Levantó tropas, defendió con mucho heroísmo. –De comandante de caballería murió en acción, en Parangani, cantón de Morochata, por noviembre de 1818.
PÍO HERMOSA. Natural del pueblo de PalcA. Sentó plaza de soldado cadete de caballería el año de 1817 a principios. El año de 1818 el comandante general don José Manuel Chinchilla lo hizo alférez. Siguió sirviendo. El año de 1819 por el mes de julio fue su padre en pos de su hijo por averiguar y verlo, llega al pueblo de Tapacari, a la siguiente noche asaltan los enemigos a una partida pequeña, escapan todos corriendo y lo pescan a don Alejo Hermosa (que así se llamaba el padre, caballero de mucha atención y respeto en aquel pueblo de Palca, vecino muy honrado en él, natural de una de las ciudades de la república de Chile, y como esos años triunfó el general en jefe don José de San Martín en aquella república lo mandó a –Arque, pueblo capital de la provincia del mismo nombre), y lo fusilaron al caballero don Alejo Hermosa, un paisano pacífico. El año de 1822 el coronel Lanza lo mandó a este su hijo don Pío Hermosa a la ciudad de La Paz con dinero a comprar galones para todos los oficiales, piedras de chispa, bayonetas, algunos pares de pistolas y paños. Fue entregado por don José María Ñeto (Nieto). Lo confinaban preso de expreso a Lima, y en el camino corrió y escapó, se entró a los Valles y casa a los cinco o seis meses de que se perdió.
MELCHOR PACHECO. Natural del pueblo de Carasa. Sentó plaza el 26 de octubre de 1817. El comandante general don Eusebio Lira lo hizo alférez de caballería por ser un joven decente, rollizo, bien formado y de buena familia en su pueblo. En un corto tiroteo que hubo en el río de Tapacari en un lugar que llaman Calavinto murió el 3 de noviembre de dicho año a los ocho días de que entró al servicio. Joven valiente que por dar a conocer su patriotismo y valor se precipitó y pereció lastimosamente.
JOSÉ MANUEL CHINCHILLA. Natural del pueblo de Tapacari. Fue capitán el año 1811 por el general don Francisco Rivero en Cochabamba. Fue comandante general de dichos Valles y teniente coronel del ejército por el señor general en jefe don Martín Güemes. Fue fusilado el 21 de marzo de 1821 en el pueblo de Cavari por el señor coronel y comandante general don José Miguel Lanza.
Complementamos esta biografía con los apuntes que siguen: Nació en Tapacarí en el siglo 18 y murió en Cavari. Jefe de la guerrilla independentista de la llamada División de los Valles, que actuó en las provincias Ayopaya, Inquisivi y Yungas. En 1811 fue Capitán y en 1812 cayó preso junto a José Miguel Lanza, pero escaparon de la cárcel de Potosí y se enroló en la guerrilla de Ayopaya en su capital, Palca (hoy Independencia) en 1816. Tras la muerte del jefe guerrillero Eusebio Lira eligieron como Jefe a Santiago Fajardo y él fue segundo jefe desde el 26 de diciembre de 1817. En 1818 rodeó el pueblo de Mohosa con 60 hombres y 3.000 indios para enfrentarse a Marquina y otros rebeldes de sus propias filas. Ejecutó a Marquina por la conspiración que costó la vida de Eusebio Lira y liberó a Santiago Fajardo. Como éste se retiró una vez cumplido su objetivo de vengar la muerte de Lira, Chinchilla fue elegido Jefe de la División de los Valles. En esa condición enfrentó a las tropas realistas comandadas por Ricafort, Rolando y España, que comandaban 1.700 hombres con dos cañones y provenían de Oruro, Cochabamba y Sica Sica. En 1819 el General Martín Miguel de Güemes lo ratificó como Comandante General de los Valles y Teniente Coronel del Ejército patriota. En esa condición duró hasta 1821 en que entregó el mando a Lanza, que llegó de Salta y fue recibido en Inquisivi. Así se retiró de la guerrilla. La conspiración de los propios rebeldes arreció contra él y ese año lo arrestaron y fusilaron el 21 de marzo.
Escribieron acerca de él: José Santos Vargas, en su famoso Diario de un comandante de la Independencia Americana 1814-1825, y Charles W. Arnade en La dramática insurgencia de Bolivia, 1955, entre otros.

JOSÉ DOMINGO GANDARILLAS. Natural de la ciudad de Cochabamba. Fue comandante de partidas ligeras por don Juan Antonio Álvarez de Arenales, coronel y comandante del departamento de Cochamba (sic) el año de 1813. Fue prisionero y fusilado en Cochabamba por las tropas españolas el año de 1820.
LUIS GARCÍA LUNA. Natural de la villa de Tarata. Fue capitán por el comandante general don Eusebio Lira y confirmado por el señor general don Martín Güemes que existía en Salta.
JOSÉ BENITO BUSTAMANTE. Natural de la ciudad de Cochabamba. Capitán en la tropa del comandante de partidas ligeras don José Manuel Chinchilla, se pasó a la tropa del comandante general don Eusebio Lira quien lo colocó de capitán de dragones de caballería. El general don José Miguel Lanza lo hizo comandante general de la provincia de Sicasica y actualmente vive en clase de coronel de inválidos en Cochabamba.
ANTONIO PACHECO. Natural del pueblo de Arque y vecino del de Inquisivi. El comandante general don Eusebio Lira lo hizo subteniente de cazadores el año de 1816. El subcesor (sic) de Lira don José Manuel Chinchilla lo hizo teniente, y el señor general don José Miguel Lanza lo hizo comandante de Cajuata. Así concluyó la guerra fielmente.
RAFAEL COPITAS. Natural del pueblo de Carasa y vecino en el de Inquisivi. El comandante general don Eusebio Lira lo hizo subteniente de cazadores; el comandante don José Manuel Chinchilla lo hizo teniente; el señor general Lanza lo hizo comandante de Inquisivi. Así concluyó la guerra fielmente y vive.
MANUEL SAAVEDRA. Natural del pueblo de Carasa. Capitán de granaderos. El año de 1820 en el alto del pueblo de Palca por el mes de junio se dispersó y anda perdido.
JOSÉ MANUEL ANTEZANA, alias EL LOCOTO. Natural de la ciudad de Cochabamba. Fue nombrado capitán de caballería. El general don José Miguel Lanza lo hizo comandante de la doctrina de Morochata. Así concluyó la guerra. Fue a Lima con el general presidente de la República Andrés de Santa Cruz y allí murió con accidente en clase de teniente coronel.
JOSÉ MANUEL CASTRO. Natural del pueblo de Tarata. El comandante general don José Manuel Chinchilla lo hizo alférez de caballería. En un aslato que hizo el enemigo el 3 de noviembre de 1819 cayó prisionero en Mohosa y se ha perdido.
MARIANO MENDIZÁBAL. Natural e la ciudad de Misque y vecino del pueblo de Palca. Fue capitán en las tropas de los españoles, se pasó a las tropas de la Patria El año de 1820. El año de 1822 se volvió a pasar a las ropas de los españoles por cuyo hecho el año de 1823 por el mes de agosto el general Lanza quería fusilarlo en Cochabamba, y Santa Rosa por su día intercedió por este Mendizábal: fue indultado y más no se averiguó.
MANUEL PAREDES. Natural del pueblo de Punata en la provincia de Clisa. Teniente. Fue emigrado a las ciudades de Salta y Tucumán por las derrotas de Villcapujyo y Macha. Regresó en compañía del señor coronel don José Miguel Lanza.
JOSÉ LEÓN. Natural de la ciudad de Cochabamba. Soldado de las tropas españolas del batallón de la Reina, sargento primero, que querían hacer una sublevación en el pueblo de Siasica a favor de la libertad contra el batallón Centro, que el coronel Ramírez era de ese cuerpo, y se descubrió. Fueron fusilados muchos así de la Reina como del Centro; algunos escaparon a los Valles donde habían tropas de la independencia, allí se guarecieron. Entró al servicio don José León y ascendió por sus aptitudes. Cuando el triunfo de la libertad americana en la batalla de Ayacucho el año de 1824 era capitán de caballería y no se ha oído más de él.
MARIANO GARAVITO. Natural del pueblo de Tapacari. Desde sus tiernos años fue soldado de la libertad. Era tambor, después de órdenes. El coronel Lanza lo hizo sargento de caballería (porque era un joven valiente), después alférez, y teniente, y de capitán murió en Cochabamba con accidente el año de 1827.
VICENTE VILLARROEL. Natural del pueblo de Punata en los valles de Clisa. Llegó en el piquete el comandante de partidas ligeras don Anselmo Ansaldo, de alférez de caballería. Se quedó en la tropa del coronel Lanza. Joven valiente. De una dispersión que tuvo Lanza se fue para sus lugares y de capitán murió en la misma ciudad de Misque de un balazo que le tiraron los soldados de las tropas españolas el año de 1823.
SILVERIO ARANÍBAR. Natural del pueblo de Carasa. El año de 1824 se presentó al general Lanza. Ese mismo año fue nombrado subteniente y estando en dicha clase fue el triunfo de las armas en _Ayacucho y se retiró del servicio.
MANUEL DELGADILLO. Natural del pueblo de Morochata. Muy joven lo llevaron las tropas españolas prisionero de su pueblo. Fue soldado después. El año de 1824 se pasó de aquellas tropas. Sirvió en las de la libertad con mucho entusiasmo. El general Lanza lo hizo alférez de caballería y así que triunfó la Patria se retiró del servicio el año de 1825.

El tataranieto del Mariscal de Ayacucho vivió en Punata

El tataranieto del Mariscal de Ayacucho vivió en Punata
Un 26 de febrero de 2008 murió a sus 81 años don Atilio de Sucre Rodo, tataranieto del Mariscal de Ayacucho y de Manuela Rojas, en Punata, donde residía, y allí fue enterrado con honores. El 2007, este Cronista convocó a un equipo de producción de Telesur, Venezuela, que llegó para entrevistarlo, bajo la dirección del periodista boliviano Marco Santiváñez.
Conocí a don Atilio gracias a un estudio genealógico sobre la descendencia de Antonio José de Sucre que hizo la profesora Elvira Zilvetti. Ya tenía noticia de Manuela Rojas, la bella y guapa tarijeña que conquistó al Mariscal y le dio un hijo, Pedro César, en junio de 1828, precisamente cuando el Mariscal convalecía de una herida en el brazo derecho que le hicieron durante el motín de aquel año. Había leído la biografía de Casimiro Olañeta escrita por don Joaquín Gantier; pero el estudio genealógico me dio otras precisiones, y una de ellas, la más valiosa, fue la noticia de que don Atilio vivía en Punata y gozaba de buena salud.

Desde entonces lo visité varias veces y gocé de su hospitalidad. En la sala de su casita en Punata hay una fotografía de su abuelo, también llamado Antonio José de Sucre, un militar gallardo que ostenta barba similar a la de Miguel Grau y aparece también en un mosaico junto al Presidente Mariano Baptista, pues en esa gestión seguramente fue un alto jefe militar. Este Antonio José era hijo de Pedro César Sucre Rojas, y allí arranca el linaje de don Atilio.

Don Atilio nació en San Lorenzo, Tarija. Fue preceptor y de ese modo lo designaron director de la Normal Rural de Vacas. El amor de Nelly Montaño lo hizo radicar en Punata y se trasladó a la Normal de Paracaya. A Dios gracias dejó descendencia, hijos y nietos que prolongan la memoria del Mariscal.

Los vecinos de Punata lo recuerdan como un hombre alegre y afable, amable y cantor. Me sorprendió que vivieran como el hecho más natural junto al descendiente del máximo héroe de la independencia americana.

Cuando llegó el equipo de Telesur, de Venezuela, a conocer a don Atilio, lo encontramos en la puerta de su casita, viviendo la vida apacible de la Perla del Valle. Los venezolanos no podían convencerse de la austeridad y sencillez con que vivía el tataranieto de Sucre. Me dijeron que Santander, Páez, Flores y otros generales de la independencia, habían recibido justa recompensa en tierras y fortuna que hoy gozan sus descendientes. Don Atilio vivió de su jubilación como profesor.

Guardo un recuerdo inolvidable del día en que le llevé mi novela ¡Qué solos se quedan los muertos!, sobre la vida de su tatarabuelo. No me convencía de mi buena estrella al contemplar a don Atilio con el libro en las manos. Como ya era anciano, me urgía la edición, pero a Dios gracias pude entregarle y festejar con él un sueño realizado.

Felizmente nuestra bella y dulce Punata le dio hospitalidad durante medio siglo. La tierra que vio nacer a fundadores de la patria como Andrés María Torrico y a precursores de la revolución, como Gualberto Villarroel, tenía que darle una vida amable al tataranieto del héroe. Aquella vez me acompañó mi viejo amigo y profesor don Alberto Rodríguez Méndez, ex Rector de la Universidad de San Simón y pudimos compartir con don Atilio el secreto de su longevidad: el maravilloso néctar del maíz.

LA TATARABUELA DE DON ATILIO
En un gesto poco frecuente para la época, dos hijas solteras se avecindaron en Chuquisaca, la primera, María Agustina Salomé, y la segunda, Manuela de la Concepción, nacida en 1809. Ambas llegaron a la ilustre ciudad en 1818; eran hijas de José Rafael Rojas y de Dolores Bazquez, (sic). Manuela tenía por entonces sólo nueve años. Dura debió ser la vida de ambas, porque Rafael Rojas era hermano, o primo, de Manuel y Ramón Rojas, guerrilleros de la independencia que combatieron junto a Eustaquio Méndez, El Moto, y a Güemes. No era algo raro, seguramente eran criollos, de sangre española, pero sin patrimonio. Las hijas nada menos que de Ñuflo de Chávez, fundador de Santa Cruz, purgaron en el convento de las Carmelitas, de Chuquisaca, la tristeza de no tener dote; se hundieron en el claustro porque su padre no había hecho fortuna.

Cuando llegó Sucre a Chuquisaca, se le acercó Casimiro Olañeta y le presentó a Manuelita, que tenía 16 años. Le dijo que era su novia, aunque ya se había casado con su prima, que era doña María Santiesteban. El amor cayó como un rayo y Sucre, joven oficial, se enamoró de Manuela Rojas, para consternación de Casimiro Olañeta que sufría cómo se la volaban. Hay historiadores serios, entre ellos, Joaquín Gantier, que explican la inquina de Olañeta con este episodio. Quizá las cosas fueron más complejas, pero algo debió trabajar en el ánimo de Olañeta para odiar a Sucre y comandar el motín del 18 de abril de 1928 en el cual hirieron al Mariscal en el brazo. Debió ser un episodio muy doloroso porque le extirparon 18 esquirlas de hueso, en una época en la que no había anestesia, y cuando Gamarra invadió el país desde el Perú, se lo llevaron en rehenes y cabalgando pese al dolor del brazo. Pasó el incidente y Sucre se reponía en Ñujchu, en junio, cuando lo visitó Manuela Rojas para mostrarle al fruto de su amor. El Mariscal no dudó en llevarlo al bautismo y le puso el nombre de Pedro César Sucre, de quien descendía directamente mi amigo Atilio.

Cuando Sucre se fue del país, Manuela volvió al cobijo de Olañeta y tuvo un hijo con él. Olañeta era tan tortuoso que le puso a la criatura el nombre de Jano Tañelao. Pero Manuela lo llamó Casimiro. Casimiro y Pedro César crecieron, y pronto llegaron a nueve hermanos, todos de apellido distinto. Hay que ponerse en el lugar de Manuela Rojas, que vivió en una época difícil, sobre todo para una joven soltera, y sin embargo supo sobreponerse. La última pareja que tuvo fue el Doctor Cabero, ministro de la Suprema, con quien se casó in articulo mortis, y heredó de él algunas posesiones. Entonces hizo un testamento en el cual revela cuántos hijos tuvo, nueve, y quiénes fueron sus padres. Por entonces tenía sólo cuarenta años. Así era la vida en esos tiempos.

Se me agolparon esos recuerdos contemplando el rostro en paz, la serenidad del rostro de Atilio de Sucre en su ataúd. Cuando escribía una novela sobre la vida de su ilustre tatarabuelo, me inquietaba la posibilidad de no publicarla en vida de Atilio, pero Dios me dio el privilegio de llevarle el primer ejemplar y de rociarlo con la mejor chicha punateña. Hoy murió, cosa que nos va a pasar a todos, pero tengo la esperanza de que estemos en paz.
ENCOMIO DE ATILIO DE SUCRE

Hace una semana sentí honda consternación por la muerte de Atilio de Sucre Rodo, tataranieto de Antonio José, que se veló y enterró en Punata, donde vivió 53 años. Conocí a su hija, Teresita, el mismo nombre de la hija que tuvo Antonio José en Quito con Mariana Carcelén.

Ocho años antes me enteré de la existencia de don Atilio por un estudio genealógico que me obsequió Elvira Zilveti de Peñaranda, cuando fui a Sucre, un tres de febrero, cumpleaños de Antonio José, a dar dizqué una conferencia sobre tan augusto personaje.

Mis amigos chuquisaqueños, que son de fiar, llenaron el auditorio de la Prefectura. Al fondo de la sala repleta veía a muchos investigadores gringos que me intimidaron. Entonces resolví prevenirles que yo no era historiador, ni investigador, ni siquiera una persona seria. Les dije que únicamente trataba de escribir una novela sobre la vida (y la muerte) de Antonio José. Para mi alivio, los investigadores gringos desalojaron la sala y quedamos en familia. Entonces me atreví a leer un par de capítulos que eran lo único que había avanzado en el plan de la novela.

Al término, el Doctor Samos y un caballero, ejecutivo de la Fundación La Plata, a quien le decimos Chulupía y ostenta el ilustre apellido Urriolagoitia, me llevaron a una whiskería amable en la cual desagitamos (como decía Alfredo Medrano) botellas del sustancioso elíxir escocés.
Allí me llegó el estudio genealógico de doña Elvira, a quien nunca acabaré de agradecer, y la calidez de mis amigos chuquisaqueños me animó a proseguir en mi intento de novela.
El Dr. Samos es un personaje. Cada vez que mencionaba el nombre del Mariscal (que mencioné muchas veces), el Dr. Samos se ponía de pie y al final resumió: "Hace 40 años que honro la memoria del Mariscal poniéndome de pie cada vez que escucho su nombre". Me acusó de olañetista y le expliqué la prudencia con que abordé al personaje porque era chuquisaqueño. Entonces me dijo: "Ha de saber que los chuquisaqueños nos dividimos en dos grupos, sucristas y olañetistas. Y no nos dirigimos ni el saludo."

Maravillosa forma de la lealtad y el espíritu de partido que yo no compartía porque para escribir una novela hay que prestar voz a todos los personajes y no parcializarse con ninguno. Regla de oro.
Por el estudio de Elvira Zilveti conocí una personaja (SIC), de nombre Manuela Rojas, que se merece una larga investigación y una novela bien escrita sobre su vida. Era mujer brava, a quien ningún hombre alcanzó a desbravar. Tuvo nueve hijos de nueve padres distintos. ¡Pero qué padres! El primero fue Antonio José de Sucre, con quien procreó a Pedro César, de quien desciende don Atilio; el segundo apellidaba Olañeta, porque la niña volvió a los brazos del ilustre fundador de la República; luego hay Aparicios, Berdecios… hasta que Manuela se casó, in articulo mortis, con un magistrado de la Corte Suprema de apellido Cabero. Él le legó propiedades y alguna fortuna. Entonces Manuela dictó su testamento, manifestando los nombres de sus nueve hijos y los apellidos de sus nueve padres. Maravillosa mujer independiente, en una República que proclamaba su independencia. Sobre eso voy a seguir mañana.
Vaya uno a saber por qué dos hijas solteras se avecindaron en Chuquisaca, la primera, María Agustina Salomé, y la segunda, Manuela de la Concepción, nacida en 1809. Ambas llegaron a la ilustre ciudad en 1818; eran hijas de José Rafael Rojas y de Dolores Bazquez, (sic). Manuela tenía por entonces sólo nueve años. Dura debió ser la vida de ambas, porque Rafael Rojas era hermano, o primo, de Manuel y Ramón Rojas, guerrilleros de la independencia que combatieron junto a Eustaquio Méndez, El Moto, y a Güemes. No era algo raro, seguramente eran criollos, de sangre española, pero sin patrimonio. Las hijas nada menos que de Ñuflo de Chávez, fundador de Santa Cruz, purgaron en el convento de las Carmelitas, de Chuquisaca, la tristeza de no tener dote; se hundieron en el claustro porque su padre no había hecho fortuna.
Cuando llegó Sucre a Chuquisaca, se le acercó Casimiro Olañeta y le presentó a Manuelita, que tenía 16 años. Le dijo que era su novia, aunque ya se había casado con su prima, que era doña María Santiesteban. El amor cayó como un rayo y Sucre, joven oficial, se enamoró de Manuela Rojas, para consternación de Casimiro Olañeta que sufría cómo se la volaban. Hay historiadores serios, entre ellos, Joaquín Gantier, que explican la inquina de Olañeta con este episodio. Quizá las cosas fueron más complejas, pero algo debió trabajar en el ánimo de Olañeta para odiar a Sucre y comandar el motín del 18 de abril de 1928 en el cual hirieron al Mariscal en el brazo. Debió ser un episodio muy doloroso porque le extirparon 18 esquirlas de hueso, en una época en la que no había anestesia, y cuando Gamarra invadió el país desde el Perú, se lo llevaron en rehenes y cabalgando pese al dolor del brazo. Pasó el incidente y Sucre se reponía en Ñujchu, en junio, cuando lo visitó Manuela Rojas para mostrarle al fruto de su amor. El Mariscal no dudó en llevarlo al bautismo y le puso el nombre de Pedro César Sucre, de quien descendía directamente mi amigo Atilio.
Cuando Sucre se fue del país, Manuela volvió al cobijo de Olañeta y tuvo un hijo con él. Olañeta era tan tortuoso que le puso a la criatura el nombre de Jano Tañelao. Pero Manuela lo llamó Casimiro. Casimiro y Pedro César crecieron, y pronto llegaron a nueve hermanos, todos de apellido distinto. Hay que ponerse en el lugar de Manuela Rojas, que vivió en una época difícil, sobre todo para una joven soltera, y sin embargo supo sobreponerse. La última pareja que tuvo fue el Doctor Cabero, ministro de la Suprema, con quien se casó in articulo mortis, y heredó de él algunas posesiones. Entonces hizo un testamento en el cual revela cuántos hijos tuvo, nueve, y quiénes fueron sus padres. Por entonces tenía sólo cuarenta años. Así era la vida en esos tiempos.
Se me agolparon esos recuerdos contemplando el rostro en paz, la serenidad del rostro de Atilio de Sucre en su ataúd. Cuando escribía una novela sobre la vida de su ilustre tatarabuelo, me inquietaba la posibilidad de no publicarla en vida de Atilio, pero Dios me dio el privilegio de llevarle el primer ejemplar y de rociarlo con la mejor chicha punateña. Hoy murió, cosa que nos va a pasar a todos, pero tengo la esperanza de que estemos en paz.

La vida fulgurante de Melchor Daza

La vida fulgurante de Melchor Daza
Ernesto Daza Rivero acaba de editar el libro “Coronel Melchor Daza. Breve bio-bibliografía ilustrada” (Ed. Casa de la Libertad, 2011), sobre la vida del conocido prócer de la Revolución del 10 de noviembre de 1810, de la Guerra de los Dieciséis años, firmante del Acta de la Independencia del Alto Perú el 6 de agosto de 1825 como diputado por Potosí, victorioso en las batallas de Yanacocha, Socabaya e Ingavi.
Melchor Daza tuvo una vida fulgurante. Nació en Potosí el 7 de enero de 1791, participó en el grito libertario del 25 de mayo de 1809 a sus 18 años, combatió bajo las órdenes del general argentino Antonio Gonzáles Balcarce en las batallas de Cotagaita y Suipacha, esta última el 7 de noviembre de 1810, que tuvo repercusión inmediata en Potosí con el grito libertario de 10 de noviembre de aquel año, en el cual también participó Melchor Daza.
Integró el ejército del general argentino Castelli, combatió en la batalla de Guaqui, en el regimiento “Húsares de la Patria”, se replegó a Jujuy y Salta; combatió en las batallas de Tucumán (1812), Salta, Vilcapugio y Ayohuma (1813) en el ejército del general Belgrano. Ganados dos ascensos a capitán y teniente coronel, militó bajo las órdenes de Martín Miguel de Güemes, fue diputado constituyente en 1813 y en el Congreso de Tucumán, de 1816 en representación de Potosí. A la muerte de Manuel Ascencio Padilla fue en su auxilio enviado por Güemes. En 1817 combatió a órdenes de Gregorio Araoz de la Madrid en la campaña de Tarija, en especial en la batalla de La Tablada de Tolomosa. En 1818 integró el ejército comandado por el general José María Paz y combatió en la batalla de La Herradura, cerca de Córdoba. Ascendido a Sargento Mayor, fue ayudante del general boliviano José María Pérez de Urdininea. Combatió a órdenes del general Sucre en la célebre batalla de Pichincha.
El 6 de agosto de 1825 firmó el Acta de la Independencia como diputado por Potosí. Participó luego en las batallas de la Confederación Perú-Boliviana en Yanacocha y Socabaya, y bajo órdenes del general José Ballivián en la Victoria de Ingavi, que consolidó nuestra independencia.
Una vez más, la devoción del Dr. Daza Rivero –abogado, periodista, ex Alcalde Municipal-- rescata la memoria de quien fuera su bisabuelo, “archivo viviente de las crónicas potosinas”, según lo calificó Julio Lucas Jaimes, Brocha Gorda, su ahijado. Nieto del coronel Melchor Daza fue el Dr. Ernesto Daza Ondarza, también nieto de Abdón Ondarza, fundador del puerto de Antofagasta y descubridor de la primera bandera blanca y azul, escondida por Belgrano en la capilla de Tiriti, que hoy se conserva en la Casa de la Libertad, en Sucre. El Dr. Daza Ondarza fue un intelectual de grata memoria para este servidor como profesor de Derecho Constitucional. Decano de Derecho y Rector de la UMSS. Casado con doña Olga Rivero Torres, se emparentó con una distinguida familia cochabambina fundada por don Juan de la Cruz Torres y don Ramón Rivero, aspectos que destaca el autor del libro en su infatigable labor de estudio y recopilación del pasado de nuestra ciudad y su importante apoyo a la modesta labor del Cronista de la Ciudad.
Entre un centenar de imágenes valiosas y detalles importantes, destacamos uno: la hija del coronel Melchor Daza, Carmen Corina Daza, casó con el compositor italiano Leopoldo Benedetto Vincenti, compositor del Himno Nacional al influjo de la familia Daza.

¿Estuvo el Libertador en Cochabamba?

¿Estuvo el Libertador en Cochabamba?
Se dice con frecuencia que Simón Bolívar estuvo en Cochabamba y se alojó en la casona de Gil de Gumucio, que se conserva a un costado del distribuidor Cobija, a orillas del río Rocha. Una revisión de la correspondencia de Antonio José de Sucre no da la más mínima pista de que el Libertador haya visitado alguna vez nuestra ciudad. De hecho, es improbable que no se haya guardado memoria de los homenajes que le hubieran hecho, tal como lo recibieron en La Paz, Potosí y Sucre. Sin embargo, una noticia publicada en “El Cóndor de Bolivia” anuncia la visita de Bolívar a la llajta. Veamos.
Sucre le escribió al general Andrés de Santa Cruz desde Sicasica en fecha 22 de septiembre de 1825: “El Libertador llegará el 4 de octubre a Potosí, y creo que estará allí hasta el 20, aunque no lo sé a punto fijo. Escribiré a Vd. de Potosí el día que él saldrá de allí para Chuquisaca, para que le sirva de gobierno.
En Oruro, le escribió al general Santander el 27 de septiembre, informándole que el 20 de aquel mes había salido de La Paz con el Libertador, con dirección a Potosí y Chuquisaca.
El 1º de octubre recuerda que a su ingreso a Cochabamba le habían otorgado una corona de oro y que “el colegio de Cochabamba” le había obsequiado “una pluma de oro para que mis hijos escribiesen la glorias de Ayacucho”. Carta a la Municipalidad de Cumaná.
El 11 de octubre le comunicó al general Santander que el Libertador había llegado a Potosí el 5 de aquel mes.
El 9 de diciembre hubo grandes festejos en Chuquisaca en el aniversario de la Batalla de Ayacucho.
Por fin el 30 de diciembre le escribe al gobernador de Oruro, teniente coronel José María Guerrero, y le dice:
“S.E. el Libertador ha resuelto hacer su viaje por Oruro y estará en esa ciudad el día 14 de enero, el 13 en Poopó, el 12 en Challapata, el 11 en Vilcapugio y el 10 en Culta, en cuyos pueblos dormirá, almorzando en los intermedios donde haya más comodidad. Vd. dispondrá que se apresten en esos puntos víveres para 25 oficiales que lo acompañan, 100 hmbres de tropa y asistentes, y forraje para 150 bestias. Vd. mandará un oficial para que vaya a encontrar a S.E. en Potosí y le presente el itinerario de las jornadas que queden arregladas.
“El teniente don Alejo Vargas va a preparar, o mejor dicho a revisar, el apresto que se haga desde Oruro a Arica para la marcha de S.E., adonde Vd. enviará los comisionados necesarios para que apresten todo, pues siendo despoblado es preciso enviar hombres activos que preparen todo, y por esto hará Vd. todo, todo para que nada falte. Dios, etc. (p.579).
Un día antes, el 29 de diciembre, previno al presidente de Potosí, general José María Pérez de Urdininea, que “S.E.el Libertador ha dispuesto marchar de esta capital para Oruro por Potosí, y saldrá sin falta el 3 de enero próximo y llegará a esa el 5, continuando su marcha el 6 (de acuerdo al itinerario que adjuntó).
Sin embargo, El Cóndor de Bolivia, fechado en Chuquisaca el jueves 12 de enero de 1826, al hablar de la “Marcha del Libertador”, dice que salió rumbo a lima el día martes 10 de enero, y agrega: “S.E. pasa por Cochabamba con el objeto de ver aquel hermoso Departamento y proveer a sus prontas mejoras; y la división Córdova acantonada en aquella Ciudad, gozará como en La Paz de la satisfacción de tener en su seno al ángel de la victoria”.
El 2 de marzo informa que el 30 último (sic: ¿se refiere a febrero?) S.E. el Libertador llegó a Tacna y luego de disfrutar de la recepción con bailes, fuegos, comidas y arcos, partió el 1º de marzo a Arica y se embarcó ese día en el bergantín colombiano Chimborazo con dirección a Lima.
Es pues una tradición histórica que el Libertador tomó la ruta Mizque-Cochabamba para gozar del clima templado de los valles. Hay que considerar las condiciones en las cuales se viajaba por entonces a caballo, en semanas y meses, como para pensar que el Libertador decidiera venir a descansar a nuestro valle.
Poco antes de marcharse de Bolivia, el Mariscal Sucre le escribió al Libertador para consultarle si persistía en su enorme deseo de comprar una finca en Cochabamba, pero otros asuntos movían su atención y no dio respuesta.

Héroes de Junín y Ayacucho en Cochabamba

Héroes de Junín y Ayacucho en Cochabamba
En Cochabamba vivieron por lo menos cinco héroes de las batallas de Junín y Ayacucho: el general Pedro Blanco Soto, el general León Galindo, el coronel José Rodríguez y el coronel Francisco Suárez, bisabuelo del escritor argentino Jorge Luis Borges y el teniente coronel Manuel Vallejo, de quien sólo tenemos la referencia. De ellos, sólo Pedro Blanco era oriundo de Cochabamba.

EL GENERAL PEDRO BLANCO

El único héroe cochabambino que combatió y aseguró el triunfo del Ejército Libertador en las batallas de Junín y Ayacucho fue el General Pedro Blanco Soto. La inquina histórica, el odio regionalista y faccioso lo han echado al olvido, pero al menos los cochabambinos deberíamos reivindicar su memoria. ¡El único héroe de Junín y Ayacucho y no le rendimos honores!

El episodio está registrado en la Historia del Perú, pues los Húsares de Junín son actualmente el regimiento escolta del Presidente de ese país. Durante la batalla de Junín, el ataque de la caballería realista del general Canterac fue tan contundente, que Bolívar ordenó retirada para reagrupar fuerzas junto a la infantería, que se había apostado en retaguardia. Sin embargo, los Húsares del Perú, comandados por Isidoro Suárez (bisabuelo de Jorge Luis Borges), José Olavarría y el cochabambino Pedro Blanco, se escondieron en uno de los flancos y atacaron con tal ímpetu al enemigo, que el ejército patriota se reagrupó y ganó la batalla. Bolívar los denominó desde entonces Húsares de Junín. Los tres comandantes habían sido formados por el general irlandés William Miller.
Bolívar dijo lo siguiente en el parte de batalla: “S. E. el Libertador, testigo del valor heróico de los bravos que se distinguieron en el dia de ayer, recomienda á la admiracion de la América al señor General Necochea, que se arrojó á las filas enemigas con una impetuosidad heróica, hasta recibir siete heridas, al señor General Miller, que con el primer regimiento del Perú flanqueó al enemigo con mucha habilidad y denuedo: al señor Coronel Carvajal, que con su lanza dio muerte á muchos enemigos: al señor Coronel Silva, que en medio de la confusion del combate rehizo parte de su cuerpo, que estaba en desórden, y rechazó los escuadrones que lo envolvían: al señor Coronel Bruix, que con el Capitán Pringles, algunos oficiales y Granaderos de los Andes, se mantuvo firme en medio de los peligros: al Comandante del primer escuadron del regimiento de caballería de línea del Perú, Suárez, que condujo su cuerpo con la destreza y resolucion que honrarán siempre á los bravos del Perú: al Comandante Sowersby, del segundo escuadron, que gravemente enfermo, se arrojó á las lanzas enemigas hasta recibir una herida: al comandante Blanco, del tercer escuadron (se refiere a Pedro Blanco Soto): al Mayor Olavarría y al Capitán Allende, del primer escuadron del mismo regimiento: al bravo Comandante Medina, Edecan de S. E.: al Capitán Camacaro, de Húsares de Colombia, que con su compañía tomó la espalda de los escuadrones enemigos y les cortó el vuelo de su instantáneo triunfo: á los Capitanes Escobar y Sandoval, de Granaderos; y á los Capitanes Jiménez y Peraza, de Húsares de Colombia: á los Tenientes Segovia y Tapia, y Alférez Lanza, que con el Mayor Braun persiguieron los escuadrones enemigos hasta su infantería.

Meses después, en la batalla de Ayacucho, el ataque intrépido de los Húsares de Junín contribuyó al éxito del general Sucre. Pedro Blanco fue malherido, ascendido a coronel en el campo de batalla, y tuvo que permanecer meses en Huamanga para restablecerse y luego reincorporarse al ejército boliviano.

Durante el gobierno de Sucre, los ánimos de la población crecieron contra la presencia del ejército colombiano, debido a que devoraba la recaudación anual de la nueva República para su manutención. Sucre quería despacharlos al norte, pero los parlamentarios le suplicaban que no lo hiciera, porque pronto la república sería pasto de la ambición de argentinos y peruanos. Un premio de un millón de pesos de plata al Ejército Libertador agravó la situación y puso en serios problemas financieros al gobierno de Sucre. Para colmo, desde el Perú se veía la creación de Bolivia como una maniobra artera de Bolívar y Sucre para debilitar al vecino del sur de la Gran Colombia, y se denunciaba la venta de propiedades fiscales a miembros del Ejército Libertador a bajísimo precio y recibiendo en pago bonos que sólo tenían valor nominal.
Los oficiales que combatieron en el Perú participaban de este ánimo y Pedro Blanco no fue la excepción, como no lo fueron José Ballivián, Mariano Armaza, Manuel Isidoro Belzu y muchos otros. Este ánimo es confirmado por analistas como Casto Rojas y Sabino Pinilla, que reseñaron el recelo concurrente de peruanos, argentinos y bolivianos frente a la presencia del ejército colombiano en Bolivia.
Cuando la Asamblea lo eligió Presidente en diciembre de 1828, se dirigió a Chuquisaca con un Batallón comandado por Ballivián. A su llegada, mientras pronunciaba un mensaje a la Asamblea que lo eligió para pedir la reducción de su sueldo, la suspensión de la leva obligatoria y la reducción de gastos del ejército, entre otras demandas, irrumpió Armaza, que había sido depuesto de la comandancia de Chuquisaca y lo tomó preso. Entretanto Ballivián ingresó subrepticiamente a Sucre con sus hombres, se encargó de vigilarlo en su corto cautiverio y, frente a un intento de liberación del detenido, Blanco fue ultimado al amanecer del 1º de enero de 1829.
Las memorias del general Camba y los partes del general Valdés, del ejército realista, dan cuenta del valor y la bizarría de Blanco, que, como muchos de su generación, fue seducido por el prestigio del ejército del Rey e integró sus filas. El general Valdés, a nombre de Canterac, le regaló una espada de honor por la habilidad con que organizó la retirada frente a fuerzas superiores del Gral. Rudecindo Alvarado y pidió al Virrey su ascenso a teniente coronel, que se hizo efectivo, pero el 19 de enero de 1823 pudo más el amor a la Patria que el aprecio de sus jefes realistas, y se pasó al Ejército Libertador como segundo jefe del escuadrón Húsares.
En abril de 1828 el ejército peruano al mando de Gamarra había invadido el territorio y exigía la renuncia de Sucre. Blanco pidió su retiro a la vida privada, pero el Consejo de Ministros denegó la petición y el Mariscal le escribió el 1º de mayo: “Todos conocen que U. es un hombre honrado i un buen patriota, i todos saben que U. marcha por el orden a los puestos a que le llaman sus servicios. Trabajando por su patria, conservando su alma pura, desprecie las acusaciones i también las ingratitudes, que son por lo común la recompensa que recibimos los mejores, los más fieles i los más celosos servidores”.
Por entonces era irremisible la caída de la política colombiana. Blanco no fue ajeno a ello y fue nombrado comandante en jefe del ejército. Sus hijos dicen que evitó una confrontación con el ejército de Gamarra para que los peruanos no apliquen luego la ley del vencedor. Sólo después se comunicó con Gamarra para exigirle que respete la independencia e integridad de Bolivia. En el ajuste de Piquiza impuesto por el general peruano Agustín Gamarra, uno de los puntos secretos fue su ascenso a brigadier general, que Blanco no aceptó.
La misma fuente dice que no fue Blanco sino el coronel Mariano Armaza, que había integrado las fuerzas invasoras, quien comandó el Escuadrón Lanceros del Perú que tomó preso al Mariscal el 4 de julio. El Congreso Constituyente reunido en agosto de 1828 designó presidente provisorio al Gral. Andrés de Santa Cruz y general en jefe del ejército boliviano a Pedro Blanco, porque era, sin duda alguna, quien más méritos militares tenía hasta entonces. Blanco recibió órdenes de marchar a Santa Cruz a batir al general realista Aguilera. Esa fue su ocupación de agosto a noviembre: marchas y contramarchas a Santa Cruz. No pudo influir en las elecciones de diputados para la Asamblea convencional, que lo designó presidente
A mediados de diciembre, Blanco marchó a Chuquisaca para jurar como Presidente. Pidió la reducción del ejército, una ley de perdón y olvido, instrucciones para acuartelarlos sin gravar a la población civil, evitar la leva obligatoria y un sueldo moderado debido a lo exhausto del Erario. El 31 de diciembre leía esta nota en la Asamblea, cuando irrumpió el coronel Mariano Armaza, que había sido relevado de la comandancia de Chuquisaca, tomó preso a Blanco y lo condujo a La Recoleta. El destino de Blanco quedó en manos de Armaza, Ballivián, Vera, y los oficiales Basilio, Herrera y Castillo, que lo victimaron ante un intento de liberación del prisionero.
Santa Cruz premió a los agentes de Gamarra encumbrándolos a esa falsa aristocracia que lo rodeó durante su gobierno; Gamarra fue general del Ejército de la Confederación. Sin embargo, Pedro Blanco fue la única víctima del encono político de la época.


Sus hijos, Federico y Cleómedes Blanco, publicaron el folleto Rectificaciones para la historia de Bolivia en 1878, para vindicar la memoria de su ilustre padre. En ellos dan cuenta de la extrema pobreza en que quedó la esposa del ex Presidente, doña Ana Ferrufino, hija del patriota que combatió durante 15 años. Estudiaban en el Colegio Sucre, pero tuvieron que trabajar como ayudantes de carpintero. Así los vio don Lucas Mendoza de la Tapia, rector del Colegio, y los redimió. De ese modo, Federico fue un eminente geógrafo y jurisconsulto, y Cleómedes, un médico destacado tanto en el Perú como en Bolivia.
EL GENERAL LEÓN GALINDO
Otro residente ilustre en Cochabamba fue el general colombiano León Galindo (1795-1866), fundador de una familia de larga tradición en Cochabamba. El detalle de sus servicios en el Ejército Libertador es memorable: cayó herido en las batallas de Carabobo y Bomboná, combatió en la batalla de Ayacucho y llegó a Bolivia con Antonio José de Sucre y el Ejército Libertador. Sucre lo designó Prefecto de Potosí y en 1827 fue Jefe de Estado Mayor General del Ejército de Bolivia. En esa condición enfrentó la invasión del ejército peruano comandado por el Presidente Agustín Gamarra en 1828; el jefe del Ejército, el general Pérez de Urdininea, quiso ascenderlo a General, pero Galindo no aceptó porque no llevaba la firma de Sucre.
Había nacido en Vélez, Colombia. A sus 14 años se alistó en el Ejército Libertador. Cuando la invasión de Gamarra, se opuso al Ajuste de Piquiza, acordado con el invasor, y fue borrado de la lista militar y desterrado a la Argentina. Volvió en 1829, se radicó en Cochabamba, donde compró una heredad con los bonos que otorgó el Congreso a los integrantes del Ejército Libertador. Fue munícipe. José Ballivián lo rehabilitó y desde entonces fue varias veces Prefecto y en 1847, nuevamente Jefe de Estado Mayor. Debido a sus vínculos con Ballivián, Belzu lo persiguió con saña y lo exilió al Perú hasta 1854. De retorno en Cochabamba, fue munícipe y Prefecto hasta 1860 en que se retiró. Le afectó el fusilamiento de su hijo Néstor Galindo, ordenada por Melgarejo tras la batalla de La Cantería.
EL CORONEL JOSÉ RODRÍGUEZ
Hay noticia de él en el libro Don Julio, que escribió Julio Rodríguez Rivas en homenaje a su padre, un ilustre médico. Por esas páginas sabemos que nació en Trujillo, Perú, el 19 de marzo de 1808, hijo de Melitón Rodríguez y de Josefa Caballero, españoles. En 1825 llegó a Bolivia en el séquito del Mariscal de Ayacucho. A sus 16 años había combatido en las Batallas de Junín y Ayacucho. Había sido cadete en el Escuadrón de Húsares del Perú, al mando del general argentino Francisco Isidoro Suárez, bisabuelo del escritor Jorge Luis Borges. Como ya sabemos, el Escuadrón fue denominado Húsares de Junín por el propio Libertador, y con ese nuevo nombre combatió en Ayacucho. Rodríguez recibió la medalla de oro con la inscripción “Ayacucho” sujeta con cinta roja y blanca como integrante de uno de los escuadrones que comandaba el general Miller.
A su llegada a Bolivia, Sucre lo comisionó para que tomara contacto con los patriotas cochabambinos, que habían declarado la independencia el 14 de enero de 1825, y les entregara los partes de batalla de Junín y Ayacucho.
Como teniente, participó en las campañas de la Confederación en Yanacocha y Socabaya, y más tarde en Iruya y Montenegro. Fue edecán del Presidente Ballivián y combatió en la batalla de Ingavi.
Su nieto lo describe como un “hombre fornido e imponente que medía más de un metro ochenta y cuatro; ágil guerrero, particularmente diestro en el combate a caballo" y muy estimado por Braun, Ballivián y Linares.
En 1854 secundó un levantamiento del general José María Achá contra el general Jorge Córdova. Éste ocupó Cochabamba y entonces se pudo medir el temple y la reciedumbre del coronel Rodríguez, porque retornó como pudo a Cochabamba y defendió su casa del saqueo efectuado por el populacho.

El bisabuelo de Borges vivió en Cochabamba

El bisabuelo de Borges vivió en Cochabamba
Francisco Isidoro Suárez era tatarabuelo del escritor argentino Jorge Luis Borges. Se hizo famoso en la batalla de Junín, como comandante de escuadrón en los célebres Húsares del Perú, que Bolívar ascendió tras la batalla a Húsares de Junín. También fueron comandantes José Olavarría, argentino, y Pedro Blanco Soto, cochabambino. Borges inmortalizó la figura de su tatarabuelo en al menos dos poemas
memorables sobre la carga de Junín. Por lo demás, hay un monumento ecuestre en su memoria que fue erigido en La Recoleta, en Buenos Aires.
Pues bien, este Isidoro Suárez llegó con el Ejército Libertador comandado por Antonio José de Sucre, estuvo en Chuquisaca el día de la independencia, cuando se fundó la República Bolívar, hoy Bolivia, y
luego fue destinado como jefe de guarnición a Cochabamba, donde permaneció probablemente hasta que partió Sucre dejando la Presidencia
de la República en 1828.
El Ejército Libertador estaba integrado por venezolanos, neogranadinos y quiteños, a quienes genéricamente se los conocía como colombianos;
por argentinos, peruanos, chilenos y también charquinos o altoperuanos, como se llamaba durante la Colonia y la Guerra de la Independencia a lo que hoy es Bolivia.
Hermosa historia que enlaza el destino de un héroe argentino a nuestra amada Cochabamba.

SIGLO XIX: VIDA CAMPESINA Y SOCIEDAD AGRARIA Para recuperar la memoria

SIGLO XIX: VIDA CAMPESINA Y SOCIEDAD AGRARIA
Para recuperar la memoria
El cauce del río Rocha era la avenida Diagonal (hoy Salamanca) y sus aguas regaban a su paso las huertas de Peras Calle; se desviaba por la calle Lanza hacia la calle Calama, y desembocaba en el río Tamborada.
La calle Sucre se llamaba Calle de Los Ricos, la describe Aguirre en Juan de la Rosa, y llevaba a los fundos de Francisco de Viedma; la casa de hacienda albergó al hospital del mismo nombre. Hacia el sur, eran paralelas la calle Argentina (hoy Jordán), Chile (hoy Calama, desde la Guerra del Pacífico), Paraguay (hoy Ladislao Cabrera) y Uruguay.
La calle Esteban Arze se llamaba Calle de San Juan de Dios. Hacia el este, eran paralelas la 25 de mayo, antes Calle Prado o Calle de Santa Clara, que sólo tenía 2 cuadras, porque partía de la Plaza Colón y chocaba con el Convento de Santa Clara en la calle Colombia, que se extendía de la San Martín a la España, rodeado de altos murallones. Luego seguía la Calle de las Capuchinas (hoy San Martín), donde remataba la ciudad.
La Nataniel Aguirre se llamaba Calle Comercio. Le seguían al oeste la Ayacucho y la Junín. La calle Santiváñez se llamaba Calle de Santo Domingo. La calle General Achá se llamaba Calle de la Compañía. Le seguía la calle Perú, la Colombia y la Ecuador. La calle España, calle del Teatro, tenía sólo seis cuadras y chocaba a la altura de la actual Plazuela Barba de Padilla con la propiedad de los Rodríguez. Cuentan que ellos cedieron espacio al municipio para abrir la calle España hasta su conjunción con el Paseo del Prado (entonces Alameda), y que se ganaron la reprimenda de los vecinos por esta actitud en beneficio del progreso. En esa casa vivió el entonces oficial Néstor Paz Galarza, destinado a la Escuela de Armas, y allí nació su hijo Jaime Paz Zamora, más tarde Presidente de la República.
La Avenida Salamanca se llamó un tiempo Diagonal. La abrió el Alcalde Municipal Luis Felipe Guzmán Araujo, valeroso vecino de Santiváñez (antes Carasa), descendiente de Bartolomé Guzmán, héroe del 14 de septiembre de 1810. La Plaza Constitución lleva ese nombre en homenaje a la Constitución del 31, que incluyó la Autonomía Universitaria, promulgada bajo el gobierno del Gral. Carlos Blanco Galindo.
Piletas públicas había en los cuatro frentes de la Plaza, en Caracota y en la Bolívar y Lanza, en el patio trasero del Colegio Nacional Sucre.
La Villa de Oropesa terminaba al este en una senda estrecha, la Calle de las Capuchinas (hoy avenida San Martín), que se desviaba hacia Sacaba y se convertía en el Callejón del Diablo, hoy Pasaje San Rafael, y llevaba a Pampa Pila, un sitio para recibir agua. Era el camino de salida hacia el Chapare, por donde transitaban recuas de animales de carga, recinto de chicherías famosas y probablemente la cuna del célebre silpancho. Hoy todavía se saborea un ejemplar delicioso sobre la calle Lanza, en una casa que probablemente formaba parte de la Calle del Diablo. Otros silpanchos famosos eran los que servían las hermanas Hilera; su hermano David tocaba la concertina. Atendían en la Santiváñez final.
El silpancho se llamó inicialmente calle bisté, era un trozo de carne de res apanada y extendida en toda la latitud del hambre. Don Armando Montenegro recordaba que los mejores calle bistés los servía Doña Dominga en la calle Sucre, cerca a la Plaza Principal a 20 centavos; en tanto que en el Choringal, en Caracota, costaban 10 centavos. Hasta los años 50 se servían en hojas de repollo, luego sustituidas por papel periódico. Tendría que pasar medio siglo para que el ingenio criollo inventara el Trancapecho, y en el afán de modernizar y amestizar nuestras costumbres, quizá pronto podamos disfrutar de una deliciosa Trancapizza.
A fines del siglo XIX se destacaron como guitarristas: Pablo Céspedes, Rodolfo Montenegro, César Macario Ochavez y José Manuel Dávalos. Entre 1910 y 1920 “aparece Adolfo Padilla, costumbrista del rasgueo, en el que muestra su notable digitación con balanceado estilo de ambas manos. Y Ernesto Matienzo, recio y fuerte; David Paz Méndez, puro y dulce y Pedro Butrón, más compositor que ejecutante y autor con brillo del vals hondamente boliviano titulado “La Kantuta”. Y más tarde, Valentín Clavijo, Teodolindo Trigo, Alfonso Morales, Gerardo López, David Milán y Armando Montenegro. Ocampo: “Es uno de los más eximios guitarristas bolivianos con soltura y señorío. Su admirable digitación, su fina sensibilidad y su personalidad artística cautivan al auditorio.” También Humberto Pol, Jorge Talamaz (oriental) y Hugo Barrancos (vallegrandino).De 17 a 7 años, “Pichones de fino plumón”: Sarita Milán, Gonzalo Peinado Terán, Roberto Moscoso Blanco, Germán Gamarra, Ricardo Terán, Silvia Villarroel Vargas, Silvana Roth, Marlene Fernandez, Margarita Blanco, Gloria Pascheider Estrada, Vilma Grandiller Morales y Alberto Sanjinés Unzueta “7 años, pequeño genio y una esperanza artística para Bolivia.” (1970).
El Capitán Desiderio Rocha fue uno de 4 hermanos, todos muertos en combate durante la Guerra del Chaco. Murió el 20 de mayo de 1934. Tuvo honrosa participación en la batalla de Conchitas, donde las ametralladoras bolivianas dispararon casi 2 millones de cartuchos. Dicen que Desiderio tocaba la Llamada de ordenanza de los Colorados de Bolivia en ametralladora pesada.
Su ayudante o asistente, cliceño Aurelio Crespo se quejó alguna vez: ¿Cuándo retornaremos a Cochabamba? ¿Cuándo saldremos de este infierno? El capitán Rocha le contestó: No te preocupes, vivo o muerto te voy a sacar del Chaco. Y murió a poco. Un avión trasladó sus restos a Cochabamba. Lo acompañó Aurelio Crespo. Así “muerto” lo sacó a Crespo del infierno de la guerra.
Un chiste corriente en 1910 decía lo siguiente: le preguntaron a una bella señorita si había visto el Cometa Halley, que pasó ese año por el firmamento, y la niña contestó: “No lo vi porque estaba en Oruro.”
Las chicherías tenían armonio y tablado para el zapateo, como la Chichería La Parisién. El taller Las Tullerías. La herrería del Sascarrucho, frente al antiguo Cine Rex (calle General Achá, primera cuadra).
En 1917, el aviador chileno Page hizo piruetas aéreas sobre la Laguna Alalay. El legendario piloto Juan Mendoza solía planear y aterrizar en las pampas de Jayhuayco. Lo acompañaban Luis Castel Quiroga o la intrépida Adela Etienne.
En 1914, la Policía tenía una mascota. Era un cóndor que deambulaba por la Plaza 14 de Septiembre. Un día se encaramó junto al cóndor de la Columna de la Independencia. Quizá el Turista Torrico sacó una foto de ese acontecimiento. Tenía la penosa costumbre de echar de un empellón a los niños a la calzada. Fue sentenciado a muerte y fusilado en el canchón de la Policía como un camarada. Cumplió su último deseo, un generoso bocado de carne.
El Gordo Sanjinés era el viejo maquinista del tren al Valle y a Quillacollo (1916-20). La locomotora funcionaba a leña, pero en 1918 hubo tal plaga de langostas que se usaron millones de ellas como combustible. El Prefecto General Zenón Cossío envió una circular por telegrama: “Ante peligrosa invasión langostas tome medidas e informe”. Y le contestaron: “Medidas fueron tomadas. Stop. Unas langostas miden 6 centímetros y otras 8”. Otro persona en 1915 era el Tata Lui, don Luis Osinaga, conductor del carro fúnebre municipal. Dicen que solía saludar ruidosamente a sus conocidos por más que encabezara un entierro. Era agente de una vieja prestamista, y una de las víctimas era empleado municipal y se llamaba Raúl. Se toparon en la Calle Comercio y el Tata Lui, que asistía a un entierro, le dijo: Don Raúl, ya no se preocupe. ¡La estoy llevando!

La Construcción de la Catedral

La Construcción de la Catedral
Pocos paisanos recuerdan que la torre de 126 pies de altura de la Iglesia Catedral fue entregada en 1840 luego de dos y más siglos de construcción. Don Luis Felipe Guzmán Achá se refiere a las sesiones del Cabildo de 28 de febrero y 3 de abril de 1619, a las cuales concurrieron el Alguacil Mayor Cristóbal Flores, el Regidor Perpetuo Francisco Arias Angulo, el Fiel Ejecutor Gonzalo Martín Castellón, el Juez Oficial de la Real Hacienda Luis Arcaza y el Cura Vicario Diego Encinas Saavedra para completar de una vez las obras de construcción de la Iglesia Matriz, hoy Catedral Metropolitana de Cochabamba. Fue una sesión crucial porque el Cabildo decidió prescindir del auxilio de la Arquidiócesis o del óbolo de la población y enfrentar el desafío con sus propios recursos, que continuó erogando hasta 1840, muy por encima del presupuesto elaborado por el ingeniero Juan de Canedo, que ascendía a 70 mil pesos ensayados y sellados con la efigie del monarca Felipe III. Sin embargo, Canedo no pudo otorgar fianzas para garantizar su trabajo y éste fue encomendado al ingeniero Domingo del Mazo mediante escritura pública y solemne “que se firmó con todas las símulas y consuetas que en aquellos suspirados tiempos se desleían y repetían envolviendo y remachando a las partes comprometidas como para dejarlas prisioneras y atrancadas sin tener cómo ladearse ni hacer el menor movimiento que importase una retracción o una evasiva”, según el pintoresco estilo de Don Luis Felipe Guzmán Achá.
El ingeniero del Mazo se comprometió a rectificar y reponer los cimientos de la Iglesia y su capilla mayor (más tarde de la Virgen de las Mercedes) con cal, arena y piedra que cubriera hasta la altura de vara y media de su anterior cimiento; cubrir el cuerpo de la Iglesia de bóveda, de arista trabajada en perfección con arcos torales en tres grandes divisiones; construir portada de ladrillo y cal con columnas y ornamentación adecuada al Este (sobre la actual calle Esteban Arze); cubrir con piedra de cantera y cal las bóvedas de la Iglesia principal y de la capilla mayor; abrir siete ventanas alrededor de la bóveda y una de vara y media de ancho y siete tercias de alto para la luz del coro; construir el basamento y las altas cornisas de cedro tallado iguales a las de los templos de San Agustín (hoy Teatro Achá) y San Francisco; construir ocho grandes estribos de cal para sostener el edificio; y cerrar los campanarios y altas cumbres de la torre en forma de aristas perfectas, para “coronar dignamente aquella soberbia obra de rara solidez”.
El costo de las refacciones se cubriría con el por entonces creado “impuesto a la sisa”. Se le pagaría a Del Mazo luego de un informe de peritos. Así quedó sellado el contrato ante el Escribano Juan de Galarza el 3 de abril de 1619.
Hasta 1840, el Cabildo continuaba erogando 1.000 pesos anuales para estos gastos. El proyecto original contemplaba dos hermosas portadas de piedra primorosamente cinceladas, de las cuales sólo se conserva la que da a la actual calle Esteban Arze. La nota no indica por qué no se construyó una portada similar hacia la Plaza 14 de Septiembre.

La Universidad de San Simón y el Hospital San Salvador

La Universidad de San Simón y el Hospital San Salvador
El Dr. Carlos Walter Urquidi dejó un valioso manuscrito con la nómina y obras de los Cancelarios y Rectores de la Universidad Mayor de San Simón. Sin embargo, allá no figura el Cancelario Marcos Escudero, que ejerció alrededor de 1844 y otorgó el título de Doctor en Medicina y Cirugía a Juan de Dios Rojas Bello. Por entonces no funcionaba todavía la Facultad de Medicina y Rojas Bello se preparó por cinco años en el Hospital San Salvador de Cochabamba, bajo la vigilancia del Protomédico Pedro Barrionuevo, y rindió examen ante el tribunal del Protomedicato General de la República.
Era por entonces Secretario General Manuel Protacio Laredo y Prosecretario Melchor José Reyes. El Cancelario Escudero y el Secretario General Laredo fueron fundadores de nuestra universidad.
El Hospital San Salvador fue creado a poco de fundarse la Villa de Oropesa gracias a una donación patrimonial de Martín Hernández de Zamora en 1579 y funcionó en un edificio contiguo al templo de San Juan de Dios, administrado por la Comunidad de Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios, quienes habitualmente atendían en los hospitales coloniales, y por eso se llamó Hospital San Juan de Dios. En la segunda mitad del siglo XIX fue reemplazado por el Hospital Viedma, en la antigua casa de hacienda del Gobernador Intendente de Cochabamba, don Francisco de Viedma. El caso es que el Hospital San Salvador fue también centro de educación en Medicina, como lo certifica el Dr. Pedro Barrionuevo, teniente protomédico de la República y Catedrático en el Colegio de Sucre, cuando el aspirante Juan de Dios Rojas Bello tramitó su título en 1850.
Un dato adicional es el otorgamiento del título de médico a un estudiante del Hospital, cuando hacía ya 20 años que se había fundado la Facultad de Medicina. Hay que recordar que Cancelario (antecedente del Rector) quería decir persona que goza de la autoridad delegada por el Papa y el Rey para conferir grados académicos.
El estudio que citamos revela que Juan de Dios Rojas Bello, antecesor de la conocida familia Rojas, nació en Araní el 20 de marzo de 1817, hijo de José María Rojas y nieto del Maestre de Campo Juan Antonio Zaonero y Bello, teniente corregidor y justicia mayor de Cliza en 1744. Su madre era Magdalena Orellana.
Rindió examen de Medicina ante el Protomedicato “con aplauso y satisfacción de los superiores” el 2 de noviembre de 1844 y fue su padrino el Dr. Lucas Mendoza de la Tapia, ideólogo del federalismo, diputado y Ministro de Instrucción. El Tribunal estuvo integrado por el Médico Titular y Teniente del Protomedicato General de la República, Dr. Pedro Ascarrunz y por el Dr. Juan Purues y el Facultativo Juan José Aragonés. El flamante médico residió en Arani, pero atendió en todo el valle y fue médico del Convento de Santa Teresa, en nuestra ciudad. En 1856 se casó con Fortunata Mariscal y se trasladó a Punata, donde murió en 1860 a sus 43 años, con sólo 16 años de ejercicio de la Medicina.
Un dato interesante: la Universidad “regía en la Iglesia Matriz de esta capital”, según certifica el entonces Cancelario Dr. Marcos Escudero.

Más interesante aún es la biografía del Cancelario. El estudio que citamos dice que fue integrante del primer Consejo Universitario de 1832, es decir, que fue fundador de la Universidad de San Simón. Antes había sido fundador de la República, como diputado por Cochabamba, y como tal estampó su firma en el Acta de la Independencia. De los 13 firmantes, 5 fueron Cancelarios de nuestra Universidad: Mariano Méndez, Jose Manuel Cabello, Miguel Vargas, Manuel Argote y Marcos Escudero.
Ya hay noticias de Escudero en 1811, como miembro de la Junta Provincial instalada el 15 de abril de 1811, tras los sucesos del 14 de septiembre de 1810. Dicha Junta estuvo integrada por Francisco del Rivero, como Presidente; Vicente Ramon de Espinosa y Arrazola, Pedro Vidal, Doctor Sebastian de Irigoyen, Mariano Zalamanca, Ramon Laredo, José Gabriel Gumucio, Manuel de Cabrera, Manuel de la Via, Marcos Escudero y José Mariano Dies de Medina según certificación del Escribano de su Majestad Público y de Cabildo Marcos de Aguilar y Peres. (sic).

La Casona de Mayorazgo

La Casona de Mayorazgo
La Casona de Mayorazgo está situada en la zona de Cala-Cala, sobre la avenida Simón López esquina Gabriel René Moreno. Ha sido restaurada por el municipio y está pendiente el uso que se le ha de dar, ya como museo, ya como espacio cultural. Según el estudio de Geraldine Byrne de Caballero y Rodolfo Mercado Mercado (UMSS-Instituto de Investigaciones Antropológicas, 1986, pgs. 15 y 16), corresponde a un conjunto de bienes fundados en un vínculo. Este caso corresponde a los bienes de doña Petronilla de Sanabria y Orellana, quien en una escritura de vínculo del 26 de noviembre de 1721 dejó en sucesión hereditaria al hijo mayor de la descendencia legítima de su sobrina Theresa de los Ríos y Sanabria, primera heredera, de quienes descienden los Boado y Quiroga y Mercedes Torres Moscoso, madre de los Rivero Torres. Dicha escritura vincula una extensa hacienda en Cala Cala hasta los límites de la Taquiña, con 76 fanegas, 16 almudes de tierras de labor con las familias de indios yanaconas que al presente tiene y le pertenecen casas, trojes y huertas. Sus títulos se remontan a la fundación de Cochabamba, pues el tatarabuelo de doña Petronilla era Garci Ruiz de Orellana, uno de los primeros encomenderos de este valle, propietario de las tierras donde se fundó la Villa de Oropesa por compra que hizo a los indios de Sipe Sipe. Como sus tierras fueron afectadas por la fundación del 15 de agosto de 1571, fue compensado con propiedades en Chiñata así como la hacienda de Mayorazgo. Las últimas dueñas fueron dos señoritas Galindo Borda. Se desconoce el paradero de los muebles originales.

El primer Cancelario de la Universidad

El primer Cancelario de la Universidad
El Dr. Ernesto Daza Rivero nos proporcionó un folleto titulado “Último adiós al señor Doctor Don Julián María López” (Tipografía de Gutiérrez, Cochabamba, 1865), fallecido el 29 de marzo de dicho año. Contiene oraciones fúnebres pronunciadas, entre otros, por el poeta Néstor Galindo, por Luis Mariano Guzmán y por su desolada familia. Se había educado en el Colegio de Arequipa, bajo la dirección del literato Bernabé Liamberri; y más tarde, en 1826, el Presidente Sucre lo nombró Director General de Establecimientos Públicos, cargo que hasta entonces desempeñó el maestro Simón Rodríguez. El mismo año fue nombrado Vicerrector y profesor de Matemáticas del Colegio Nacional Sucre, fundado en Cochabamba.
En 1831 fue honrado con una cátedra del Colegio de Ciencias de Arequipa, pero cuando renunció a los cargos que desempeñaba en Cochabamba, el gobierno boliviano dictó un decreto de 4 de febrero de 1831, por el cual no aceptaba la renuncia y en 1832 fue ascendido a Rector del Colegio Sucre. Aquel año se fundó la Universidad de San Simón como Escuela de Practicantes Juristas, y el Rector del Colegio Sucre fue su primer Cancelario, cargo que también ejerció en 1846 luego de haber sido Magistrado en las Cortes de Cochabamba y de Chuquisaca desde 1840.
En 1851 pidió su jubilación, y, en consideración a sus servicios, el Gobierno boliviano expidió en Cochabamba el Decreto de 29 de septiembre de 1864, en el cual destaca los servicios del Dr. López en la carrera de la enseñanza pública desde el año 1826 a 1840 sin solución de continuidad; sus servicios como Vocal Constitucional designado por el Senado, que ejerció hasta 1851 y el desempeño del Cancelariato de la Universidad de San Simón como su fundador y también a partir de 1846. El Decreto se amparaba en la ley de 4 de noviembre de 1840 y lo hizo acreedor a la jubilación de tercera clase señalada por el art. 5° de la misma. En tal virtud, la Asamblea Nacional le otorgó la jubilación en Cochabamba, a 10 de octubre de 1864, con las firmas de los diputados: Agustín Aspiazu, Juan Crisóstomo Carrillo, Mariano Aguilar, del Presidente José María de Achá y de su ministro de Gobierno, Culto y Relaciones Exteriores, Rafael Bustillo.

Ayopaya: el Granero de Bolivia

Ayopaya: el Granero de Bolivia
En vísperas de la Guerra del Pacífico, se desató en el país una hambruna irredenta, que no hubiera podido ser controlada sin el aporte del Granero del Alto Perú, y más tarde de Bolivia. Como decía el escritor Honorato Morales: “Nadie ignora que cuando el espectro de la hambruna afligió al país en vísperas de la guerra que sostuvimos con Chile, y en calles y plazas del “bello pensil cochabambino” caían las gentes heridas de muerte por el hambre (sarcasmo del Destino!) fue Ayopaya la mano dadivosa que llevara el sustento a una buena parte del hogar atribulado de la patria, o brindaba sus trojes a la multitud que, horrorizada por el flagelo, se recogía desde alejados puntos a la sombra de sus frondas, plenas de vitalidad. (“De Oruro a los valles de Ayopaya. La importancia de una carretera”. Oruro, 1929).
Según Guillermo Urquidi, la riqueza agrícola y ganadera de Ayopaya se debía a las tres grandes regiones climatológicas: fría, templada y cálida, que se reparten a ambas orillas del caudaloso río Ayopaya, el cual nace como río Ayopaya en las alturas de Oputaña y se vuelve Sacambaya, luego se une con el Santa Rosa y toma los nombres de Lambaya, Cotacajes y Mosetenes. Da vértigo seguir su curso en el Google Earth.

La toponimia del lugar es de puros nombres aymaras. Ayopaya viene de hayo, lejos y paya, dos. Dicen que era una antigua población próxima a Machaca. Eso dicen, porque no quedan ni escombros.

Honorato Morales agregaba que Ayopaya como productora de cereales, “quizá no tiene rival en Bolivia, no porque allí los métodos agrícolas modernos se hayan impuesto dentro de una técnica rigurosa, muy al contrario, lo que pródigamente rinde su feracísimo suelo es obra casi exclusiva de la naturaleza combinada con el mezquino esfuerzo personal, en un radio que no abarca ni un 55% de lo que buenamente se puede laborar; y así, no embargante de esta proporcionalidad, se le considera “como el granero de Cochabamba y Oruro”.
El botánico suizo Theodoro Herzog describía así el suelo ayopayeño: “La cubierta coherente de vegetación alcanza, siempre que haya terreno correspondiente, hasta la altura de 4.800 metros; los aislados cojines de plantas y rocas vegetadas llegan hasta los más elevados picos de 5.200 metros. La frontera del bosque está situada en el lado húmedo del N.E. a una altura de 3.200 metros, más o menos; al Sud no hay bosque, a no ser el angosto cinturón de quehuiña, cuyo límite superior se halla a los 3.200 metros de altura; y algunos árboles aislados que se encuentran en el lado húmedo, suben hasta 3.900 metros. Las altas planicies y las pendientes hacia los valles, encima de la frontera de los bosques, están casi cubiertas de hierba (grama, &) donde pacen grandes tropas de llamas y muchos miles de ovejas.”
Herzog habla de la riqueza forestal del sitio, de los frutos subtropicales, de los cultivos de papas, ocas, cebada y quinua en las estancias altas, que llegan a los 4.000 metros; y de la producción de chuño; y añade que los terrenos arenosos y de turba serían adecuados para la siembra extensiva de avena.

La percepción de la riqueza de Ayopaya se remonta a la época de Francisco Viedma, que recomendaba las maderas buenas para construir embarcaciones, porque en vida propició la navegación del río Ayopaya como cabecera del Alto Beni, que le parecían aguas propicias para internarse en las misiones de Moxos. Y anotaba: “Se crían muy buenas frutas, tanto de Castilla como de la tierra, y son ciruelas, duraznos, uvillas, abrimelos, manzanas, melocotones, peras, bergamotas, higos, cidras, limones, paltas, chirimoyas, guayabas, piñas, plátanos, granadillas, pacaes y otras. Los terrenos son muy fértiles y producen mucho trigo, cebada, papas, ocas, anís en los altos y laderas de los cerros poco elevados pero pendientes, lo que hace muy trabajoso y difícil su cultivo. En las quebradas y bajos, principalmente a la parte Norte, se cría maíz, yucas, ají, camote, algodón de color blanco y de color canela, que llaman moyado; maní y cuanto se quiere sembrar. Los más de estos terrenos son de riego. En las estancias se crían excelentes pastos, de mucho engorde y nutrimento, particularmente para el ganado vacuno, que abunda más por la utilidad que procura a este comercio la inmediación al Yunga d La Paz. Hay también caballar, lanar, cabrío.”
Estos conceptos datan de más de dos siglos, y la provincia continúa aislada de la red troncal y con escasos emprendimientos agropecuarios o forestales. Recordemos que don Federico Blanco alabó los árboles maderables de aplicación industrial, tintóreas, resinosas, gumíferas, textiles, medicinales &. Don José I. Urey coleccionó 240 clases de muestras de maderas finas en su finca de Sailapata; y el veterinario Heriberto Fischer hablaba en 1912 de la finca del señor Samuel de Ugarte, que, según dato erróneo, comprendía “casi toda la provincia”.
Muchos autores se refirieron a la explotación de la quina y de la morera, como ocurría en la propiedad de Santa Cruz de Ilicona, ubicada a 1.000 metros de altura, de propiedad del sabio naturalista Tadeo Haenke desde el siglo XVII, en que plantó mora blanca para criar gusanos de seda.
Entre los cereales que producía Ayopaya, don Guillermo Urquidi citaba las siguientes variedades de maíz: willcaparu, pero no el morocho, que se da en Cochabamba, sino el redondo, de grano sin punta; y el waltacu; el maíz aizuma, uchuquilla amarillo y blanco, luribayeño, arrocillo, pisenkella y el delicioso huarikunca, fácil de tostar y muy suave, un poco dulce. el laricaja, bueno para cocer mote, el gris, blanco y plomo en una misma mazorca; el gris con manchas coloradas, muy suave; el gris con negro; el chuspillo, de cuatro clases y colores, uno de ellos bueno para fabricar chicha; el uchuquilla, de Copacabana, que también llaman kiscasara y revienta como rosas para fabricar pasankallas, muy bueno para molerlo y mezclarlo con harina de trigo. De Morochata venían el pintado de tostar y el tanitani, más rico que el pan.
En 1940, doce años antes de la Reforma Agraria, el censo de hacendados consignaba 12 nombres según el precio de sus predios, que oscilaban entre Bs. 3 millones y Bs. 600 mil: Evangelina vda. De Delgadillo, Juana Sanz de Gasser, José Coca, Carmen de Anaya, Juan Chiarella, Natalio Fernández, Antonio Rico Toro, Víctor Torrico, Wilfredo Zenteno, Mendizábal Daza Achá y Abel Herbas Palacios.

Instrucciones para la vida campesina

Instrucciones para la vida campesina
Instrucciones para la vida campesina de Luis Felipe Guzmán Achá, es un libro encantador, publicado en 1890 por la Imprenta de El Heraldo, y declarado texto de lectura para la educación primaria y la Escuela de Agricultura. Está escrito como catecismo, en un lenguaje asequible al lector, y contiene la sabiduría de un viejo hacendado, que conoce de faenas agrícolas y da consejos prudentes y oportunos para la siembra de la papa, el maíz, la cebada, las hortalizas y otros productos. El autor da asimismo consejos sobre crianza de ganado, pisos ecológicos con sus cultivos respectivos y otros temas propios del agro.
En su lectura realmente inapreciable, nos enteramos que don Luis Felipe Guzmán envió en julio de 1883 a la Exposición del Centenario del nacimiento del Libertador una colección de papas constante de 9 del grupo de las imillas, 10 de las runas, 22 de las koillus y 3 de las luquis. Por esa clasificación sabemos que por entonces se cultivaba, entre las papas imillas, la blanca, altamachi, yana imilla, imilla pintada, puca ñahui, chola imilla, kara kara, zapallo, patrona, negra pintada, condormeña y manzanilla. Entre las runas, la bola runa, la chocco runa, la tenequeri, llustta, bola llustta, taca sanihunco, canchera, puca runa y tuni. Entre las koillus: la catahui, culi, culi menor, coilli colorada, coillu blanca, coillu negra, coillu manchada, huaca chilena, yuttu runtu, canastilla, sailuhi, machuhuañuchi, kachun papa, guayapacha, yaguar cotu, cuchi papa, pureka grande, pureka menor, sangre detoo, puca pollera, puca chaleco, amajaya, kunurana, pablo pintado y lacahueña. Y entre las luquis: la luqui grande, la bola luqui, yana luqui, motolonco y la quetu. En total, 48 variedades conceptuadas como la colección más numerosa y única en el mundo entero por el sabio químico Dr. Sacc.
Don Luis Felipe Guzmán Achá (1839-1919) fue Cancelario y Rector de la Universidad de San Simón (1896 y 1906) y prestigioso munícipe. Era descendiente de Don José Vicente González de Prada, último Gobernador Intendente de la Provincia de Cochabamba, nieto de Bartolomé Guzmán, héroe del 14 de septiembre de 1810 y de la Batalla de Aroma y cuñado del ex Presidente José María de Achá.
La devoción de sus nietos y bisnietos preservó este y otro libro valioso de apuntes históricos, que el poeta Héctor Cossío Salinas publicó con el título de La Tradición en Cochabamba (Biblioteca IV Centenario. Ed. Los Amigos del Libro).