sábado, 27 de agosto de 2011

Calatayud y La Serpiente Negra

Calatayud y La Serpiente Negra
Don Luis Felipe Guzmán Achá, Cancelario en 1896 y Rector en 1906 de la Universidad de San Simón, dejó tradiciones escritas y recopiladas por el poeta Héctor Cossío Salinas, que hablan de la primera adjudicación de las aguas y acequia conocida hoy como La Serpiente Negra a Alejo Calatayud, el caudillo de la rebelión cochabambina contra el yugo español en 1730. Quizá hubiera prosperado el levantamiento por el enorme apoyo que tenía el platero, don Alejo, si no lo traicionaba su compadre, que pasó a la historia como un traidor. Se llamaba Francisco Rodríguez Carrasco y su defección determinó el ajusticiamiento de Calatayud y él mismo se brindó a someter al más crudo interrogatorio a la madre y a la esposa del insigne platero. Por ese documento se sabe que la madre era negra, y que, luego del ajusticiamiento de Alejo, fue reducida a la esclavitud.
Rodríguez Carrasco pidió recompensa para regar sus terrenos comprados al Hospital San Juan de Dios y ubicados detrás de La Coronilla y le fueron otorgadas las aguas y la acequia de La Carbonería. Dieciocho años después, dichas aguas infestaban la zona con su pestilente olor y la nube de microbios que asolaban al vecindario y fueron foco de infección durante dos siglos y medio. “Del fondo de esa abominable acequia, parece que se exhalaba el espíritu pestilente del que creyó que su adjudicación gratuita le hacía falta para sobrevivir perpetuamente execrado de las generaciones. ¡A tal mérito, tal recompensa!”, escribió Don Luis Felipe Guzmán, y sus palabras se mantuvieron vigentes hasta fines del siglo XX.

Un episodio de la Guerrilla de Ayopaya

Un episodio de la Guerrilla de Ayopaya
José Santos Vargas, el legendario Tambor Vargas, Comandante de la Guerra de la Independencia en los valles de Ayopaya, Sica Sica y los Yungas, de La Paz, dejó un famoso Diario, que es único en el continente, pues no hay otro testimonio escrito de la Guerra Patria.
Es un documento poco leído pero sí estudiado con dedicación por don Gunnar Mendoza y por la investigadora francesa Marie-Danielle Demélas.
El Cronista de la Ciudad ha hecho una adaptación de uno de los acontecimientos que narra el Tambor. Dice así:
EL INCENDIO DEL PAJONAL
En una ladera del Cerro Chicote que llaman Tomaycuri, donde el camino parece una raya en la pared, ocurrió otro episodio que muestra el temple de Lira con sus hombres. Habíamos salido de Mohosa y marchábamos hacia el Cerro Chicote, con dirección a las alturas de Pocusco, cuando nos había estado siguiendo el subdelegado Agustín Antezana con 120 hombres. Botaron patrullas a la cumbre, al río y al centro iban oficiales y jinetes. Éramos 26 hombres y caminábamos en fila por el sendero estrecho cuando sentimos voces del enemigo que nos gritaban desde una patilla ubicada sobre nosotros, de modo que éramos presa segura. Ofrecían la piedad del Monarca invicto y el indulto a Lira. Me di la vuelta y lo vi demudado y pálido, porque al parecer no había más remedio que entregarse, pero de pronto nos dijo que por nada del mundo debíamos caer.
--Más vale morir peleando con bayonetas. Moriremos por la Patria, nos pondremos en manos del Ser Supremo –nos arengó.
En eso, el soldado Pedro Loayza, natural de Tiquirpaya, población cercana a Palca, quiso hablar.
--Mi comandante, yo no voy a caer preso. Más vale morir desbarrancado.
Y se tiró al abismo ante el estupor de los 25 compañeros que lo sentimos caer y caer sin llegar al fondo. Lira quiso precipitarse a su turno pero lo agarramos entre todos, si no, se entraba al barranco. Recuperó el control y volvió a la carga.
--A ver, a botar sus fusiles. Agárrense de las manos. Yo seré el primero en morir por amor a la Patria –nos dijo.
Así quería que todos nos tiráramos al abismo. Serían las tres de la tarde y los realistas seguían la escena en medio de risas y burlas, cuando el sargento Julián Reynaga, natural de Machaca, sobrino del cura doctor Zeballos, le habló a Lira.
--Mi comandante, quemaremos el pajonal y así tal vez podamos escapar.
Lira lo escuchó y cambió de semblante. Cargó su fusil sólo con pólvora, mojó el cartucho en la boca, rastrilló y disparó. Salió del fusil un fogonazo porque la pólvora se prendió al cartucho mojado y prendió el pajonal.
--¡Como puedan peguen fuego! –ordenó Lira.
Con las descargas que hicimos y el viento de la montaña, el incendio creció de abajo arriba, pero también porque las pajas estaban crecidas más que la altura de un hombre. El enemigo huyó cuesta arriba pidiendo misericordia porque el fuego los cercaba y las llamas eran capaces de atemorizar a un ejército. Se quitaron las cartucheras para no abrasarse con los paquetes de pólvora y botaron sus fusiles. Cuando llegamos a la cumbre, rescatamos 17 fusiles y más de 40 cartucheras que volaban totalmente achicharradas en medio del fuego. Lira daba gracias a Dios con lágrimas en los ojos, feliz de que nos salváramos todos. Únicamente tuvimos que lamentar la muerte de Pedro Loayza. Lira era así de eufórico. Se secó las lágrimas y me pidió que tocara zafarrancho.
--Al ataque, muchachos. ¡Al humo! ¡Qué Rey invicto ni qué ocho cuartos! ¡Sólo la Patria es invicta! ¡A ver el Rey que apague el incendio!
Era hermoso verlo así alto, grueso y erguido, con la barba al viento y agitando el sombrero en la mano, como un abanico, alentándonos para perseguir al enemigo.
Del enemigo quedaron dos muertos que fueron comidos por los buitres; los demás huyeron como pudieron. Así bajamos al Río Grande de Ayopaya, que discurre en la base del Cerro Chicote y separa este cerro del de Pocusco, pensando en que la ligereza de Lira pudo costarnos la vida, así fuera en nombre de la Patria, pero su resolución nos salvó al incendiar el pajonal.

Héroes cochabambinos de la Guerrilla de Ayopaya

Héroes cochabambinos de la Guerrilla de Ayopaya
Estas son las semblanzas que escribió José Santos Vargas sobre los héroes de la guerrilla de los Valles nacidos en Cochabamba. Son héroes olvidados cuya memoria estamos obligados a preservar:
PEDRO ÁLVAREZ. Natural del pueblo de Morochata. Fue sargento segundo en 1810. Fue emigrado al ejército, tuvo parte en las acciones del Tucumán y Salta. El año de 1813 de la acción de Macha se dispersó, se vino a su país. Levantó tropas, defendió con mucho heroísmo. –De comandante de caballería murió en acción, en Parangani, cantón de Morochata, por noviembre de 1818.
PÍO HERMOSA. Natural del pueblo de PalcA. Sentó plaza de soldado cadete de caballería el año de 1817 a principios. El año de 1818 el comandante general don José Manuel Chinchilla lo hizo alférez. Siguió sirviendo. El año de 1819 por el mes de julio fue su padre en pos de su hijo por averiguar y verlo, llega al pueblo de Tapacari, a la siguiente noche asaltan los enemigos a una partida pequeña, escapan todos corriendo y lo pescan a don Alejo Hermosa (que así se llamaba el padre, caballero de mucha atención y respeto en aquel pueblo de Palca, vecino muy honrado en él, natural de una de las ciudades de la república de Chile, y como esos años triunfó el general en jefe don José de San Martín en aquella república lo mandó a –Arque, pueblo capital de la provincia del mismo nombre), y lo fusilaron al caballero don Alejo Hermosa, un paisano pacífico. El año de 1822 el coronel Lanza lo mandó a este su hijo don Pío Hermosa a la ciudad de La Paz con dinero a comprar galones para todos los oficiales, piedras de chispa, bayonetas, algunos pares de pistolas y paños. Fue entregado por don José María Ñeto (Nieto). Lo confinaban preso de expreso a Lima, y en el camino corrió y escapó, se entró a los Valles y casa a los cinco o seis meses de que se perdió.
MELCHOR PACHECO. Natural del pueblo de Carasa. Sentó plaza el 26 de octubre de 1817. El comandante general don Eusebio Lira lo hizo alférez de caballería por ser un joven decente, rollizo, bien formado y de buena familia en su pueblo. En un corto tiroteo que hubo en el río de Tapacari en un lugar que llaman Calavinto murió el 3 de noviembre de dicho año a los ocho días de que entró al servicio. Joven valiente que por dar a conocer su patriotismo y valor se precipitó y pereció lastimosamente.
JOSÉ MANUEL CHINCHILLA. Natural del pueblo de Tapacari. Fue capitán el año 1811 por el general don Francisco Rivero en Cochabamba. Fue comandante general de dichos Valles y teniente coronel del ejército por el señor general en jefe don Martín Güemes. Fue fusilado el 21 de marzo de 1821 en el pueblo de Cavari por el señor coronel y comandante general don José Miguel Lanza.
Complementamos esta biografía con los apuntes que siguen: Nació en Tapacarí en el siglo 18 y murió en Cavari. Jefe de la guerrilla independentista de la llamada División de los Valles, que actuó en las provincias Ayopaya, Inquisivi y Yungas. En 1811 fue Capitán y en 1812 cayó preso junto a José Miguel Lanza, pero escaparon de la cárcel de Potosí y se enroló en la guerrilla de Ayopaya en su capital, Palca (hoy Independencia) en 1816. Tras la muerte del jefe guerrillero Eusebio Lira eligieron como Jefe a Santiago Fajardo y él fue segundo jefe desde el 26 de diciembre de 1817. En 1818 rodeó el pueblo de Mohosa con 60 hombres y 3.000 indios para enfrentarse a Marquina y otros rebeldes de sus propias filas. Ejecutó a Marquina por la conspiración que costó la vida de Eusebio Lira y liberó a Santiago Fajardo. Como éste se retiró una vez cumplido su objetivo de vengar la muerte de Lira, Chinchilla fue elegido Jefe de la División de los Valles. En esa condición enfrentó a las tropas realistas comandadas por Ricafort, Rolando y España, que comandaban 1.700 hombres con dos cañones y provenían de Oruro, Cochabamba y Sica Sica. En 1819 el General Martín Miguel de Güemes lo ratificó como Comandante General de los Valles y Teniente Coronel del Ejército patriota. En esa condición duró hasta 1821 en que entregó el mando a Lanza, que llegó de Salta y fue recibido en Inquisivi. Así se retiró de la guerrilla. La conspiración de los propios rebeldes arreció contra él y ese año lo arrestaron y fusilaron el 21 de marzo.
Escribieron acerca de él: José Santos Vargas, en su famoso Diario de un comandante de la Independencia Americana 1814-1825, y Charles W. Arnade en La dramática insurgencia de Bolivia, 1955, entre otros.

JOSÉ DOMINGO GANDARILLAS. Natural de la ciudad de Cochabamba. Fue comandante de partidas ligeras por don Juan Antonio Álvarez de Arenales, coronel y comandante del departamento de Cochamba (sic) el año de 1813. Fue prisionero y fusilado en Cochabamba por las tropas españolas el año de 1820.
LUIS GARCÍA LUNA. Natural de la villa de Tarata. Fue capitán por el comandante general don Eusebio Lira y confirmado por el señor general don Martín Güemes que existía en Salta.
JOSÉ BENITO BUSTAMANTE. Natural de la ciudad de Cochabamba. Capitán en la tropa del comandante de partidas ligeras don José Manuel Chinchilla, se pasó a la tropa del comandante general don Eusebio Lira quien lo colocó de capitán de dragones de caballería. El general don José Miguel Lanza lo hizo comandante general de la provincia de Sicasica y actualmente vive en clase de coronel de inválidos en Cochabamba.
ANTONIO PACHECO. Natural del pueblo de Arque y vecino del de Inquisivi. El comandante general don Eusebio Lira lo hizo subteniente de cazadores el año de 1816. El subcesor (sic) de Lira don José Manuel Chinchilla lo hizo teniente, y el señor general don José Miguel Lanza lo hizo comandante de Cajuata. Así concluyó la guerra fielmente.
RAFAEL COPITAS. Natural del pueblo de Carasa y vecino en el de Inquisivi. El comandante general don Eusebio Lira lo hizo subteniente de cazadores; el comandante don José Manuel Chinchilla lo hizo teniente; el señor general Lanza lo hizo comandante de Inquisivi. Así concluyó la guerra fielmente y vive.
MANUEL SAAVEDRA. Natural del pueblo de Carasa. Capitán de granaderos. El año de 1820 en el alto del pueblo de Palca por el mes de junio se dispersó y anda perdido.
JOSÉ MANUEL ANTEZANA, alias EL LOCOTO. Natural de la ciudad de Cochabamba. Fue nombrado capitán de caballería. El general don José Miguel Lanza lo hizo comandante de la doctrina de Morochata. Así concluyó la guerra. Fue a Lima con el general presidente de la República Andrés de Santa Cruz y allí murió con accidente en clase de teniente coronel.
JOSÉ MANUEL CASTRO. Natural del pueblo de Tarata. El comandante general don José Manuel Chinchilla lo hizo alférez de caballería. En un aslato que hizo el enemigo el 3 de noviembre de 1819 cayó prisionero en Mohosa y se ha perdido.
MARIANO MENDIZÁBAL. Natural e la ciudad de Misque y vecino del pueblo de Palca. Fue capitán en las tropas de los españoles, se pasó a las tropas de la Patria El año de 1820. El año de 1822 se volvió a pasar a las ropas de los españoles por cuyo hecho el año de 1823 por el mes de agosto el general Lanza quería fusilarlo en Cochabamba, y Santa Rosa por su día intercedió por este Mendizábal: fue indultado y más no se averiguó.
MANUEL PAREDES. Natural del pueblo de Punata en la provincia de Clisa. Teniente. Fue emigrado a las ciudades de Salta y Tucumán por las derrotas de Villcapujyo y Macha. Regresó en compañía del señor coronel don José Miguel Lanza.
JOSÉ LEÓN. Natural de la ciudad de Cochabamba. Soldado de las tropas españolas del batallón de la Reina, sargento primero, que querían hacer una sublevación en el pueblo de Siasica a favor de la libertad contra el batallón Centro, que el coronel Ramírez era de ese cuerpo, y se descubrió. Fueron fusilados muchos así de la Reina como del Centro; algunos escaparon a los Valles donde habían tropas de la independencia, allí se guarecieron. Entró al servicio don José León y ascendió por sus aptitudes. Cuando el triunfo de la libertad americana en la batalla de Ayacucho el año de 1824 era capitán de caballería y no se ha oído más de él.
MARIANO GARAVITO. Natural del pueblo de Tapacari. Desde sus tiernos años fue soldado de la libertad. Era tambor, después de órdenes. El coronel Lanza lo hizo sargento de caballería (porque era un joven valiente), después alférez, y teniente, y de capitán murió en Cochabamba con accidente el año de 1827.
VICENTE VILLARROEL. Natural del pueblo de Punata en los valles de Clisa. Llegó en el piquete el comandante de partidas ligeras don Anselmo Ansaldo, de alférez de caballería. Se quedó en la tropa del coronel Lanza. Joven valiente. De una dispersión que tuvo Lanza se fue para sus lugares y de capitán murió en la misma ciudad de Misque de un balazo que le tiraron los soldados de las tropas españolas el año de 1823.
SILVERIO ARANÍBAR. Natural del pueblo de Carasa. El año de 1824 se presentó al general Lanza. Ese mismo año fue nombrado subteniente y estando en dicha clase fue el triunfo de las armas en _Ayacucho y se retiró del servicio.
MANUEL DELGADILLO. Natural del pueblo de Morochata. Muy joven lo llevaron las tropas españolas prisionero de su pueblo. Fue soldado después. El año de 1824 se pasó de aquellas tropas. Sirvió en las de la libertad con mucho entusiasmo. El general Lanza lo hizo alférez de caballería y así que triunfó la Patria se retiró del servicio el año de 1825.

El tataranieto del Mariscal de Ayacucho vivió en Punata

El tataranieto del Mariscal de Ayacucho vivió en Punata
Un 26 de febrero de 2008 murió a sus 81 años don Atilio de Sucre Rodo, tataranieto del Mariscal de Ayacucho y de Manuela Rojas, en Punata, donde residía, y allí fue enterrado con honores. El 2007, este Cronista convocó a un equipo de producción de Telesur, Venezuela, que llegó para entrevistarlo, bajo la dirección del periodista boliviano Marco Santiváñez.
Conocí a don Atilio gracias a un estudio genealógico sobre la descendencia de Antonio José de Sucre que hizo la profesora Elvira Zilvetti. Ya tenía noticia de Manuela Rojas, la bella y guapa tarijeña que conquistó al Mariscal y le dio un hijo, Pedro César, en junio de 1828, precisamente cuando el Mariscal convalecía de una herida en el brazo derecho que le hicieron durante el motín de aquel año. Había leído la biografía de Casimiro Olañeta escrita por don Joaquín Gantier; pero el estudio genealógico me dio otras precisiones, y una de ellas, la más valiosa, fue la noticia de que don Atilio vivía en Punata y gozaba de buena salud.

Desde entonces lo visité varias veces y gocé de su hospitalidad. En la sala de su casita en Punata hay una fotografía de su abuelo, también llamado Antonio José de Sucre, un militar gallardo que ostenta barba similar a la de Miguel Grau y aparece también en un mosaico junto al Presidente Mariano Baptista, pues en esa gestión seguramente fue un alto jefe militar. Este Antonio José era hijo de Pedro César Sucre Rojas, y allí arranca el linaje de don Atilio.

Don Atilio nació en San Lorenzo, Tarija. Fue preceptor y de ese modo lo designaron director de la Normal Rural de Vacas. El amor de Nelly Montaño lo hizo radicar en Punata y se trasladó a la Normal de Paracaya. A Dios gracias dejó descendencia, hijos y nietos que prolongan la memoria del Mariscal.

Los vecinos de Punata lo recuerdan como un hombre alegre y afable, amable y cantor. Me sorprendió que vivieran como el hecho más natural junto al descendiente del máximo héroe de la independencia americana.

Cuando llegó el equipo de Telesur, de Venezuela, a conocer a don Atilio, lo encontramos en la puerta de su casita, viviendo la vida apacible de la Perla del Valle. Los venezolanos no podían convencerse de la austeridad y sencillez con que vivía el tataranieto de Sucre. Me dijeron que Santander, Páez, Flores y otros generales de la independencia, habían recibido justa recompensa en tierras y fortuna que hoy gozan sus descendientes. Don Atilio vivió de su jubilación como profesor.

Guardo un recuerdo inolvidable del día en que le llevé mi novela ¡Qué solos se quedan los muertos!, sobre la vida de su tatarabuelo. No me convencía de mi buena estrella al contemplar a don Atilio con el libro en las manos. Como ya era anciano, me urgía la edición, pero a Dios gracias pude entregarle y festejar con él un sueño realizado.

Felizmente nuestra bella y dulce Punata le dio hospitalidad durante medio siglo. La tierra que vio nacer a fundadores de la patria como Andrés María Torrico y a precursores de la revolución, como Gualberto Villarroel, tenía que darle una vida amable al tataranieto del héroe. Aquella vez me acompañó mi viejo amigo y profesor don Alberto Rodríguez Méndez, ex Rector de la Universidad de San Simón y pudimos compartir con don Atilio el secreto de su longevidad: el maravilloso néctar del maíz.

LA TATARABUELA DE DON ATILIO
En un gesto poco frecuente para la época, dos hijas solteras se avecindaron en Chuquisaca, la primera, María Agustina Salomé, y la segunda, Manuela de la Concepción, nacida en 1809. Ambas llegaron a la ilustre ciudad en 1818; eran hijas de José Rafael Rojas y de Dolores Bazquez, (sic). Manuela tenía por entonces sólo nueve años. Dura debió ser la vida de ambas, porque Rafael Rojas era hermano, o primo, de Manuel y Ramón Rojas, guerrilleros de la independencia que combatieron junto a Eustaquio Méndez, El Moto, y a Güemes. No era algo raro, seguramente eran criollos, de sangre española, pero sin patrimonio. Las hijas nada menos que de Ñuflo de Chávez, fundador de Santa Cruz, purgaron en el convento de las Carmelitas, de Chuquisaca, la tristeza de no tener dote; se hundieron en el claustro porque su padre no había hecho fortuna.

Cuando llegó Sucre a Chuquisaca, se le acercó Casimiro Olañeta y le presentó a Manuelita, que tenía 16 años. Le dijo que era su novia, aunque ya se había casado con su prima, que era doña María Santiesteban. El amor cayó como un rayo y Sucre, joven oficial, se enamoró de Manuela Rojas, para consternación de Casimiro Olañeta que sufría cómo se la volaban. Hay historiadores serios, entre ellos, Joaquín Gantier, que explican la inquina de Olañeta con este episodio. Quizá las cosas fueron más complejas, pero algo debió trabajar en el ánimo de Olañeta para odiar a Sucre y comandar el motín del 18 de abril de 1928 en el cual hirieron al Mariscal en el brazo. Debió ser un episodio muy doloroso porque le extirparon 18 esquirlas de hueso, en una época en la que no había anestesia, y cuando Gamarra invadió el país desde el Perú, se lo llevaron en rehenes y cabalgando pese al dolor del brazo. Pasó el incidente y Sucre se reponía en Ñujchu, en junio, cuando lo visitó Manuela Rojas para mostrarle al fruto de su amor. El Mariscal no dudó en llevarlo al bautismo y le puso el nombre de Pedro César Sucre, de quien descendía directamente mi amigo Atilio.

Cuando Sucre se fue del país, Manuela volvió al cobijo de Olañeta y tuvo un hijo con él. Olañeta era tan tortuoso que le puso a la criatura el nombre de Jano Tañelao. Pero Manuela lo llamó Casimiro. Casimiro y Pedro César crecieron, y pronto llegaron a nueve hermanos, todos de apellido distinto. Hay que ponerse en el lugar de Manuela Rojas, que vivió en una época difícil, sobre todo para una joven soltera, y sin embargo supo sobreponerse. La última pareja que tuvo fue el Doctor Cabero, ministro de la Suprema, con quien se casó in articulo mortis, y heredó de él algunas posesiones. Entonces hizo un testamento en el cual revela cuántos hijos tuvo, nueve, y quiénes fueron sus padres. Por entonces tenía sólo cuarenta años. Así era la vida en esos tiempos.

Se me agolparon esos recuerdos contemplando el rostro en paz, la serenidad del rostro de Atilio de Sucre en su ataúd. Cuando escribía una novela sobre la vida de su ilustre tatarabuelo, me inquietaba la posibilidad de no publicarla en vida de Atilio, pero Dios me dio el privilegio de llevarle el primer ejemplar y de rociarlo con la mejor chicha punateña. Hoy murió, cosa que nos va a pasar a todos, pero tengo la esperanza de que estemos en paz.
ENCOMIO DE ATILIO DE SUCRE

Hace una semana sentí honda consternación por la muerte de Atilio de Sucre Rodo, tataranieto de Antonio José, que se veló y enterró en Punata, donde vivió 53 años. Conocí a su hija, Teresita, el mismo nombre de la hija que tuvo Antonio José en Quito con Mariana Carcelén.

Ocho años antes me enteré de la existencia de don Atilio por un estudio genealógico que me obsequió Elvira Zilveti de Peñaranda, cuando fui a Sucre, un tres de febrero, cumpleaños de Antonio José, a dar dizqué una conferencia sobre tan augusto personaje.

Mis amigos chuquisaqueños, que son de fiar, llenaron el auditorio de la Prefectura. Al fondo de la sala repleta veía a muchos investigadores gringos que me intimidaron. Entonces resolví prevenirles que yo no era historiador, ni investigador, ni siquiera una persona seria. Les dije que únicamente trataba de escribir una novela sobre la vida (y la muerte) de Antonio José. Para mi alivio, los investigadores gringos desalojaron la sala y quedamos en familia. Entonces me atreví a leer un par de capítulos que eran lo único que había avanzado en el plan de la novela.

Al término, el Doctor Samos y un caballero, ejecutivo de la Fundación La Plata, a quien le decimos Chulupía y ostenta el ilustre apellido Urriolagoitia, me llevaron a una whiskería amable en la cual desagitamos (como decía Alfredo Medrano) botellas del sustancioso elíxir escocés.
Allí me llegó el estudio genealógico de doña Elvira, a quien nunca acabaré de agradecer, y la calidez de mis amigos chuquisaqueños me animó a proseguir en mi intento de novela.
El Dr. Samos es un personaje. Cada vez que mencionaba el nombre del Mariscal (que mencioné muchas veces), el Dr. Samos se ponía de pie y al final resumió: "Hace 40 años que honro la memoria del Mariscal poniéndome de pie cada vez que escucho su nombre". Me acusó de olañetista y le expliqué la prudencia con que abordé al personaje porque era chuquisaqueño. Entonces me dijo: "Ha de saber que los chuquisaqueños nos dividimos en dos grupos, sucristas y olañetistas. Y no nos dirigimos ni el saludo."

Maravillosa forma de la lealtad y el espíritu de partido que yo no compartía porque para escribir una novela hay que prestar voz a todos los personajes y no parcializarse con ninguno. Regla de oro.
Por el estudio de Elvira Zilveti conocí una personaja (SIC), de nombre Manuela Rojas, que se merece una larga investigación y una novela bien escrita sobre su vida. Era mujer brava, a quien ningún hombre alcanzó a desbravar. Tuvo nueve hijos de nueve padres distintos. ¡Pero qué padres! El primero fue Antonio José de Sucre, con quien procreó a Pedro César, de quien desciende don Atilio; el segundo apellidaba Olañeta, porque la niña volvió a los brazos del ilustre fundador de la República; luego hay Aparicios, Berdecios… hasta que Manuela se casó, in articulo mortis, con un magistrado de la Corte Suprema de apellido Cabero. Él le legó propiedades y alguna fortuna. Entonces Manuela dictó su testamento, manifestando los nombres de sus nueve hijos y los apellidos de sus nueve padres. Maravillosa mujer independiente, en una República que proclamaba su independencia. Sobre eso voy a seguir mañana.
Vaya uno a saber por qué dos hijas solteras se avecindaron en Chuquisaca, la primera, María Agustina Salomé, y la segunda, Manuela de la Concepción, nacida en 1809. Ambas llegaron a la ilustre ciudad en 1818; eran hijas de José Rafael Rojas y de Dolores Bazquez, (sic). Manuela tenía por entonces sólo nueve años. Dura debió ser la vida de ambas, porque Rafael Rojas era hermano, o primo, de Manuel y Ramón Rojas, guerrilleros de la independencia que combatieron junto a Eustaquio Méndez, El Moto, y a Güemes. No era algo raro, seguramente eran criollos, de sangre española, pero sin patrimonio. Las hijas nada menos que de Ñuflo de Chávez, fundador de Santa Cruz, purgaron en el convento de las Carmelitas, de Chuquisaca, la tristeza de no tener dote; se hundieron en el claustro porque su padre no había hecho fortuna.
Cuando llegó Sucre a Chuquisaca, se le acercó Casimiro Olañeta y le presentó a Manuelita, que tenía 16 años. Le dijo que era su novia, aunque ya se había casado con su prima, que era doña María Santiesteban. El amor cayó como un rayo y Sucre, joven oficial, se enamoró de Manuela Rojas, para consternación de Casimiro Olañeta que sufría cómo se la volaban. Hay historiadores serios, entre ellos, Joaquín Gantier, que explican la inquina de Olañeta con este episodio. Quizá las cosas fueron más complejas, pero algo debió trabajar en el ánimo de Olañeta para odiar a Sucre y comandar el motín del 18 de abril de 1928 en el cual hirieron al Mariscal en el brazo. Debió ser un episodio muy doloroso porque le extirparon 18 esquirlas de hueso, en una época en la que no había anestesia, y cuando Gamarra invadió el país desde el Perú, se lo llevaron en rehenes y cabalgando pese al dolor del brazo. Pasó el incidente y Sucre se reponía en Ñujchu, en junio, cuando lo visitó Manuela Rojas para mostrarle al fruto de su amor. El Mariscal no dudó en llevarlo al bautismo y le puso el nombre de Pedro César Sucre, de quien descendía directamente mi amigo Atilio.
Cuando Sucre se fue del país, Manuela volvió al cobijo de Olañeta y tuvo un hijo con él. Olañeta era tan tortuoso que le puso a la criatura el nombre de Jano Tañelao. Pero Manuela lo llamó Casimiro. Casimiro y Pedro César crecieron, y pronto llegaron a nueve hermanos, todos de apellido distinto. Hay que ponerse en el lugar de Manuela Rojas, que vivió en una época difícil, sobre todo para una joven soltera, y sin embargo supo sobreponerse. La última pareja que tuvo fue el Doctor Cabero, ministro de la Suprema, con quien se casó in articulo mortis, y heredó de él algunas posesiones. Entonces hizo un testamento en el cual revela cuántos hijos tuvo, nueve, y quiénes fueron sus padres. Por entonces tenía sólo cuarenta años. Así era la vida en esos tiempos.
Se me agolparon esos recuerdos contemplando el rostro en paz, la serenidad del rostro de Atilio de Sucre en su ataúd. Cuando escribía una novela sobre la vida de su ilustre tatarabuelo, me inquietaba la posibilidad de no publicarla en vida de Atilio, pero Dios me dio el privilegio de llevarle el primer ejemplar y de rociarlo con la mejor chicha punateña. Hoy murió, cosa que nos va a pasar a todos, pero tengo la esperanza de que estemos en paz.

La vida fulgurante de Melchor Daza

La vida fulgurante de Melchor Daza
Ernesto Daza Rivero acaba de editar el libro “Coronel Melchor Daza. Breve bio-bibliografía ilustrada” (Ed. Casa de la Libertad, 2011), sobre la vida del conocido prócer de la Revolución del 10 de noviembre de 1810, de la Guerra de los Dieciséis años, firmante del Acta de la Independencia del Alto Perú el 6 de agosto de 1825 como diputado por Potosí, victorioso en las batallas de Yanacocha, Socabaya e Ingavi.
Melchor Daza tuvo una vida fulgurante. Nació en Potosí el 7 de enero de 1791, participó en el grito libertario del 25 de mayo de 1809 a sus 18 años, combatió bajo las órdenes del general argentino Antonio Gonzáles Balcarce en las batallas de Cotagaita y Suipacha, esta última el 7 de noviembre de 1810, que tuvo repercusión inmediata en Potosí con el grito libertario de 10 de noviembre de aquel año, en el cual también participó Melchor Daza.
Integró el ejército del general argentino Castelli, combatió en la batalla de Guaqui, en el regimiento “Húsares de la Patria”, se replegó a Jujuy y Salta; combatió en las batallas de Tucumán (1812), Salta, Vilcapugio y Ayohuma (1813) en el ejército del general Belgrano. Ganados dos ascensos a capitán y teniente coronel, militó bajo las órdenes de Martín Miguel de Güemes, fue diputado constituyente en 1813 y en el Congreso de Tucumán, de 1816 en representación de Potosí. A la muerte de Manuel Ascencio Padilla fue en su auxilio enviado por Güemes. En 1817 combatió a órdenes de Gregorio Araoz de la Madrid en la campaña de Tarija, en especial en la batalla de La Tablada de Tolomosa. En 1818 integró el ejército comandado por el general José María Paz y combatió en la batalla de La Herradura, cerca de Córdoba. Ascendido a Sargento Mayor, fue ayudante del general boliviano José María Pérez de Urdininea. Combatió a órdenes del general Sucre en la célebre batalla de Pichincha.
El 6 de agosto de 1825 firmó el Acta de la Independencia como diputado por Potosí. Participó luego en las batallas de la Confederación Perú-Boliviana en Yanacocha y Socabaya, y bajo órdenes del general José Ballivián en la Victoria de Ingavi, que consolidó nuestra independencia.
Una vez más, la devoción del Dr. Daza Rivero –abogado, periodista, ex Alcalde Municipal-- rescata la memoria de quien fuera su bisabuelo, “archivo viviente de las crónicas potosinas”, según lo calificó Julio Lucas Jaimes, Brocha Gorda, su ahijado. Nieto del coronel Melchor Daza fue el Dr. Ernesto Daza Ondarza, también nieto de Abdón Ondarza, fundador del puerto de Antofagasta y descubridor de la primera bandera blanca y azul, escondida por Belgrano en la capilla de Tiriti, que hoy se conserva en la Casa de la Libertad, en Sucre. El Dr. Daza Ondarza fue un intelectual de grata memoria para este servidor como profesor de Derecho Constitucional. Decano de Derecho y Rector de la UMSS. Casado con doña Olga Rivero Torres, se emparentó con una distinguida familia cochabambina fundada por don Juan de la Cruz Torres y don Ramón Rivero, aspectos que destaca el autor del libro en su infatigable labor de estudio y recopilación del pasado de nuestra ciudad y su importante apoyo a la modesta labor del Cronista de la Ciudad.
Entre un centenar de imágenes valiosas y detalles importantes, destacamos uno: la hija del coronel Melchor Daza, Carmen Corina Daza, casó con el compositor italiano Leopoldo Benedetto Vincenti, compositor del Himno Nacional al influjo de la familia Daza.

¿Estuvo el Libertador en Cochabamba?

¿Estuvo el Libertador en Cochabamba?
Se dice con frecuencia que Simón Bolívar estuvo en Cochabamba y se alojó en la casona de Gil de Gumucio, que se conserva a un costado del distribuidor Cobija, a orillas del río Rocha. Una revisión de la correspondencia de Antonio José de Sucre no da la más mínima pista de que el Libertador haya visitado alguna vez nuestra ciudad. De hecho, es improbable que no se haya guardado memoria de los homenajes que le hubieran hecho, tal como lo recibieron en La Paz, Potosí y Sucre. Sin embargo, una noticia publicada en “El Cóndor de Bolivia” anuncia la visita de Bolívar a la llajta. Veamos.
Sucre le escribió al general Andrés de Santa Cruz desde Sicasica en fecha 22 de septiembre de 1825: “El Libertador llegará el 4 de octubre a Potosí, y creo que estará allí hasta el 20, aunque no lo sé a punto fijo. Escribiré a Vd. de Potosí el día que él saldrá de allí para Chuquisaca, para que le sirva de gobierno.
En Oruro, le escribió al general Santander el 27 de septiembre, informándole que el 20 de aquel mes había salido de La Paz con el Libertador, con dirección a Potosí y Chuquisaca.
El 1º de octubre recuerda que a su ingreso a Cochabamba le habían otorgado una corona de oro y que “el colegio de Cochabamba” le había obsequiado “una pluma de oro para que mis hijos escribiesen la glorias de Ayacucho”. Carta a la Municipalidad de Cumaná.
El 11 de octubre le comunicó al general Santander que el Libertador había llegado a Potosí el 5 de aquel mes.
El 9 de diciembre hubo grandes festejos en Chuquisaca en el aniversario de la Batalla de Ayacucho.
Por fin el 30 de diciembre le escribe al gobernador de Oruro, teniente coronel José María Guerrero, y le dice:
“S.E. el Libertador ha resuelto hacer su viaje por Oruro y estará en esa ciudad el día 14 de enero, el 13 en Poopó, el 12 en Challapata, el 11 en Vilcapugio y el 10 en Culta, en cuyos pueblos dormirá, almorzando en los intermedios donde haya más comodidad. Vd. dispondrá que se apresten en esos puntos víveres para 25 oficiales que lo acompañan, 100 hmbres de tropa y asistentes, y forraje para 150 bestias. Vd. mandará un oficial para que vaya a encontrar a S.E. en Potosí y le presente el itinerario de las jornadas que queden arregladas.
“El teniente don Alejo Vargas va a preparar, o mejor dicho a revisar, el apresto que se haga desde Oruro a Arica para la marcha de S.E., adonde Vd. enviará los comisionados necesarios para que apresten todo, pues siendo despoblado es preciso enviar hombres activos que preparen todo, y por esto hará Vd. todo, todo para que nada falte. Dios, etc. (p.579).
Un día antes, el 29 de diciembre, previno al presidente de Potosí, general José María Pérez de Urdininea, que “S.E.el Libertador ha dispuesto marchar de esta capital para Oruro por Potosí, y saldrá sin falta el 3 de enero próximo y llegará a esa el 5, continuando su marcha el 6 (de acuerdo al itinerario que adjuntó).
Sin embargo, El Cóndor de Bolivia, fechado en Chuquisaca el jueves 12 de enero de 1826, al hablar de la “Marcha del Libertador”, dice que salió rumbo a lima el día martes 10 de enero, y agrega: “S.E. pasa por Cochabamba con el objeto de ver aquel hermoso Departamento y proveer a sus prontas mejoras; y la división Córdova acantonada en aquella Ciudad, gozará como en La Paz de la satisfacción de tener en su seno al ángel de la victoria”.
El 2 de marzo informa que el 30 último (sic: ¿se refiere a febrero?) S.E. el Libertador llegó a Tacna y luego de disfrutar de la recepción con bailes, fuegos, comidas y arcos, partió el 1º de marzo a Arica y se embarcó ese día en el bergantín colombiano Chimborazo con dirección a Lima.
Es pues una tradición histórica que el Libertador tomó la ruta Mizque-Cochabamba para gozar del clima templado de los valles. Hay que considerar las condiciones en las cuales se viajaba por entonces a caballo, en semanas y meses, como para pensar que el Libertador decidiera venir a descansar a nuestro valle.
Poco antes de marcharse de Bolivia, el Mariscal Sucre le escribió al Libertador para consultarle si persistía en su enorme deseo de comprar una finca en Cochabamba, pero otros asuntos movían su atención y no dio respuesta.

Héroes de Junín y Ayacucho en Cochabamba

Héroes de Junín y Ayacucho en Cochabamba
En Cochabamba vivieron por lo menos cinco héroes de las batallas de Junín y Ayacucho: el general Pedro Blanco Soto, el general León Galindo, el coronel José Rodríguez y el coronel Francisco Suárez, bisabuelo del escritor argentino Jorge Luis Borges y el teniente coronel Manuel Vallejo, de quien sólo tenemos la referencia. De ellos, sólo Pedro Blanco era oriundo de Cochabamba.

EL GENERAL PEDRO BLANCO

El único héroe cochabambino que combatió y aseguró el triunfo del Ejército Libertador en las batallas de Junín y Ayacucho fue el General Pedro Blanco Soto. La inquina histórica, el odio regionalista y faccioso lo han echado al olvido, pero al menos los cochabambinos deberíamos reivindicar su memoria. ¡El único héroe de Junín y Ayacucho y no le rendimos honores!

El episodio está registrado en la Historia del Perú, pues los Húsares de Junín son actualmente el regimiento escolta del Presidente de ese país. Durante la batalla de Junín, el ataque de la caballería realista del general Canterac fue tan contundente, que Bolívar ordenó retirada para reagrupar fuerzas junto a la infantería, que se había apostado en retaguardia. Sin embargo, los Húsares del Perú, comandados por Isidoro Suárez (bisabuelo de Jorge Luis Borges), José Olavarría y el cochabambino Pedro Blanco, se escondieron en uno de los flancos y atacaron con tal ímpetu al enemigo, que el ejército patriota se reagrupó y ganó la batalla. Bolívar los denominó desde entonces Húsares de Junín. Los tres comandantes habían sido formados por el general irlandés William Miller.
Bolívar dijo lo siguiente en el parte de batalla: “S. E. el Libertador, testigo del valor heróico de los bravos que se distinguieron en el dia de ayer, recomienda á la admiracion de la América al señor General Necochea, que se arrojó á las filas enemigas con una impetuosidad heróica, hasta recibir siete heridas, al señor General Miller, que con el primer regimiento del Perú flanqueó al enemigo con mucha habilidad y denuedo: al señor Coronel Carvajal, que con su lanza dio muerte á muchos enemigos: al señor Coronel Silva, que en medio de la confusion del combate rehizo parte de su cuerpo, que estaba en desórden, y rechazó los escuadrones que lo envolvían: al señor Coronel Bruix, que con el Capitán Pringles, algunos oficiales y Granaderos de los Andes, se mantuvo firme en medio de los peligros: al Comandante del primer escuadron del regimiento de caballería de línea del Perú, Suárez, que condujo su cuerpo con la destreza y resolucion que honrarán siempre á los bravos del Perú: al Comandante Sowersby, del segundo escuadron, que gravemente enfermo, se arrojó á las lanzas enemigas hasta recibir una herida: al comandante Blanco, del tercer escuadron (se refiere a Pedro Blanco Soto): al Mayor Olavarría y al Capitán Allende, del primer escuadron del mismo regimiento: al bravo Comandante Medina, Edecan de S. E.: al Capitán Camacaro, de Húsares de Colombia, que con su compañía tomó la espalda de los escuadrones enemigos y les cortó el vuelo de su instantáneo triunfo: á los Capitanes Escobar y Sandoval, de Granaderos; y á los Capitanes Jiménez y Peraza, de Húsares de Colombia: á los Tenientes Segovia y Tapia, y Alférez Lanza, que con el Mayor Braun persiguieron los escuadrones enemigos hasta su infantería.

Meses después, en la batalla de Ayacucho, el ataque intrépido de los Húsares de Junín contribuyó al éxito del general Sucre. Pedro Blanco fue malherido, ascendido a coronel en el campo de batalla, y tuvo que permanecer meses en Huamanga para restablecerse y luego reincorporarse al ejército boliviano.

Durante el gobierno de Sucre, los ánimos de la población crecieron contra la presencia del ejército colombiano, debido a que devoraba la recaudación anual de la nueva República para su manutención. Sucre quería despacharlos al norte, pero los parlamentarios le suplicaban que no lo hiciera, porque pronto la república sería pasto de la ambición de argentinos y peruanos. Un premio de un millón de pesos de plata al Ejército Libertador agravó la situación y puso en serios problemas financieros al gobierno de Sucre. Para colmo, desde el Perú se veía la creación de Bolivia como una maniobra artera de Bolívar y Sucre para debilitar al vecino del sur de la Gran Colombia, y se denunciaba la venta de propiedades fiscales a miembros del Ejército Libertador a bajísimo precio y recibiendo en pago bonos que sólo tenían valor nominal.
Los oficiales que combatieron en el Perú participaban de este ánimo y Pedro Blanco no fue la excepción, como no lo fueron José Ballivián, Mariano Armaza, Manuel Isidoro Belzu y muchos otros. Este ánimo es confirmado por analistas como Casto Rojas y Sabino Pinilla, que reseñaron el recelo concurrente de peruanos, argentinos y bolivianos frente a la presencia del ejército colombiano en Bolivia.
Cuando la Asamblea lo eligió Presidente en diciembre de 1828, se dirigió a Chuquisaca con un Batallón comandado por Ballivián. A su llegada, mientras pronunciaba un mensaje a la Asamblea que lo eligió para pedir la reducción de su sueldo, la suspensión de la leva obligatoria y la reducción de gastos del ejército, entre otras demandas, irrumpió Armaza, que había sido depuesto de la comandancia de Chuquisaca y lo tomó preso. Entretanto Ballivián ingresó subrepticiamente a Sucre con sus hombres, se encargó de vigilarlo en su corto cautiverio y, frente a un intento de liberación del detenido, Blanco fue ultimado al amanecer del 1º de enero de 1829.
Las memorias del general Camba y los partes del general Valdés, del ejército realista, dan cuenta del valor y la bizarría de Blanco, que, como muchos de su generación, fue seducido por el prestigio del ejército del Rey e integró sus filas. El general Valdés, a nombre de Canterac, le regaló una espada de honor por la habilidad con que organizó la retirada frente a fuerzas superiores del Gral. Rudecindo Alvarado y pidió al Virrey su ascenso a teniente coronel, que se hizo efectivo, pero el 19 de enero de 1823 pudo más el amor a la Patria que el aprecio de sus jefes realistas, y se pasó al Ejército Libertador como segundo jefe del escuadrón Húsares.
En abril de 1828 el ejército peruano al mando de Gamarra había invadido el territorio y exigía la renuncia de Sucre. Blanco pidió su retiro a la vida privada, pero el Consejo de Ministros denegó la petición y el Mariscal le escribió el 1º de mayo: “Todos conocen que U. es un hombre honrado i un buen patriota, i todos saben que U. marcha por el orden a los puestos a que le llaman sus servicios. Trabajando por su patria, conservando su alma pura, desprecie las acusaciones i también las ingratitudes, que son por lo común la recompensa que recibimos los mejores, los más fieles i los más celosos servidores”.
Por entonces era irremisible la caída de la política colombiana. Blanco no fue ajeno a ello y fue nombrado comandante en jefe del ejército. Sus hijos dicen que evitó una confrontación con el ejército de Gamarra para que los peruanos no apliquen luego la ley del vencedor. Sólo después se comunicó con Gamarra para exigirle que respete la independencia e integridad de Bolivia. En el ajuste de Piquiza impuesto por el general peruano Agustín Gamarra, uno de los puntos secretos fue su ascenso a brigadier general, que Blanco no aceptó.
La misma fuente dice que no fue Blanco sino el coronel Mariano Armaza, que había integrado las fuerzas invasoras, quien comandó el Escuadrón Lanceros del Perú que tomó preso al Mariscal el 4 de julio. El Congreso Constituyente reunido en agosto de 1828 designó presidente provisorio al Gral. Andrés de Santa Cruz y general en jefe del ejército boliviano a Pedro Blanco, porque era, sin duda alguna, quien más méritos militares tenía hasta entonces. Blanco recibió órdenes de marchar a Santa Cruz a batir al general realista Aguilera. Esa fue su ocupación de agosto a noviembre: marchas y contramarchas a Santa Cruz. No pudo influir en las elecciones de diputados para la Asamblea convencional, que lo designó presidente
A mediados de diciembre, Blanco marchó a Chuquisaca para jurar como Presidente. Pidió la reducción del ejército, una ley de perdón y olvido, instrucciones para acuartelarlos sin gravar a la población civil, evitar la leva obligatoria y un sueldo moderado debido a lo exhausto del Erario. El 31 de diciembre leía esta nota en la Asamblea, cuando irrumpió el coronel Mariano Armaza, que había sido relevado de la comandancia de Chuquisaca, tomó preso a Blanco y lo condujo a La Recoleta. El destino de Blanco quedó en manos de Armaza, Ballivián, Vera, y los oficiales Basilio, Herrera y Castillo, que lo victimaron ante un intento de liberación del prisionero.
Santa Cruz premió a los agentes de Gamarra encumbrándolos a esa falsa aristocracia que lo rodeó durante su gobierno; Gamarra fue general del Ejército de la Confederación. Sin embargo, Pedro Blanco fue la única víctima del encono político de la época.


Sus hijos, Federico y Cleómedes Blanco, publicaron el folleto Rectificaciones para la historia de Bolivia en 1878, para vindicar la memoria de su ilustre padre. En ellos dan cuenta de la extrema pobreza en que quedó la esposa del ex Presidente, doña Ana Ferrufino, hija del patriota que combatió durante 15 años. Estudiaban en el Colegio Sucre, pero tuvieron que trabajar como ayudantes de carpintero. Así los vio don Lucas Mendoza de la Tapia, rector del Colegio, y los redimió. De ese modo, Federico fue un eminente geógrafo y jurisconsulto, y Cleómedes, un médico destacado tanto en el Perú como en Bolivia.
EL GENERAL LEÓN GALINDO
Otro residente ilustre en Cochabamba fue el general colombiano León Galindo (1795-1866), fundador de una familia de larga tradición en Cochabamba. El detalle de sus servicios en el Ejército Libertador es memorable: cayó herido en las batallas de Carabobo y Bomboná, combatió en la batalla de Ayacucho y llegó a Bolivia con Antonio José de Sucre y el Ejército Libertador. Sucre lo designó Prefecto de Potosí y en 1827 fue Jefe de Estado Mayor General del Ejército de Bolivia. En esa condición enfrentó la invasión del ejército peruano comandado por el Presidente Agustín Gamarra en 1828; el jefe del Ejército, el general Pérez de Urdininea, quiso ascenderlo a General, pero Galindo no aceptó porque no llevaba la firma de Sucre.
Había nacido en Vélez, Colombia. A sus 14 años se alistó en el Ejército Libertador. Cuando la invasión de Gamarra, se opuso al Ajuste de Piquiza, acordado con el invasor, y fue borrado de la lista militar y desterrado a la Argentina. Volvió en 1829, se radicó en Cochabamba, donde compró una heredad con los bonos que otorgó el Congreso a los integrantes del Ejército Libertador. Fue munícipe. José Ballivián lo rehabilitó y desde entonces fue varias veces Prefecto y en 1847, nuevamente Jefe de Estado Mayor. Debido a sus vínculos con Ballivián, Belzu lo persiguió con saña y lo exilió al Perú hasta 1854. De retorno en Cochabamba, fue munícipe y Prefecto hasta 1860 en que se retiró. Le afectó el fusilamiento de su hijo Néstor Galindo, ordenada por Melgarejo tras la batalla de La Cantería.
EL CORONEL JOSÉ RODRÍGUEZ
Hay noticia de él en el libro Don Julio, que escribió Julio Rodríguez Rivas en homenaje a su padre, un ilustre médico. Por esas páginas sabemos que nació en Trujillo, Perú, el 19 de marzo de 1808, hijo de Melitón Rodríguez y de Josefa Caballero, españoles. En 1825 llegó a Bolivia en el séquito del Mariscal de Ayacucho. A sus 16 años había combatido en las Batallas de Junín y Ayacucho. Había sido cadete en el Escuadrón de Húsares del Perú, al mando del general argentino Francisco Isidoro Suárez, bisabuelo del escritor Jorge Luis Borges. Como ya sabemos, el Escuadrón fue denominado Húsares de Junín por el propio Libertador, y con ese nuevo nombre combatió en Ayacucho. Rodríguez recibió la medalla de oro con la inscripción “Ayacucho” sujeta con cinta roja y blanca como integrante de uno de los escuadrones que comandaba el general Miller.
A su llegada a Bolivia, Sucre lo comisionó para que tomara contacto con los patriotas cochabambinos, que habían declarado la independencia el 14 de enero de 1825, y les entregara los partes de batalla de Junín y Ayacucho.
Como teniente, participó en las campañas de la Confederación en Yanacocha y Socabaya, y más tarde en Iruya y Montenegro. Fue edecán del Presidente Ballivián y combatió en la batalla de Ingavi.
Su nieto lo describe como un “hombre fornido e imponente que medía más de un metro ochenta y cuatro; ágil guerrero, particularmente diestro en el combate a caballo" y muy estimado por Braun, Ballivián y Linares.
En 1854 secundó un levantamiento del general José María Achá contra el general Jorge Córdova. Éste ocupó Cochabamba y entonces se pudo medir el temple y la reciedumbre del coronel Rodríguez, porque retornó como pudo a Cochabamba y defendió su casa del saqueo efectuado por el populacho.