sábado, 27 de agosto de 2011

La significación de Juan de la Rosa

La significación de Juan de la Rosa
Probablemente no hay en la literatura boliviana un inicio mejor que el de la novela Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre González- Prada, que ha sido seleccionada entre las 15 novelas fundamentales de Bolivia. “Rosita, la Linda Encajera, cuya memoria conservan todavía algunos ancianos de la Villa de Oropesa, que admiraron su peregrina hermosura, la bondad de su carácter y las primorosas labores de sus manos, fue el ángel tutelar de mi dichosa infancia. Su cariño, su ternura y solicitud maternales eran sin límites para conmigo, y yo le daba siempre con gozo y verdadero orgullo el dulce nombre de madre. Pero ella me llamó solamente "el niño", menos dos o tres veces en las que la palabra "hijo" se le escapó, como de un modo muy cruel sus entrañas.” Este primer párrafo de la novela contiene el secreto de una relación filial nostalgiosa. Juan de la Rosa fundó el culto a las heroínas de la Coronilla, pero también generó una confusión histórica debido al perfil que se le da al escritor como un oráculo en esta parte del mundo: lo que es ficción fue tomado como documento histórico, y ahora resulta que la nómina de heroínas de Juan de la Rosa no corresponde a los nombres de las mujeres que resistieron en La Coronilla a las fuerzas de Goyeneche.
Hay una diferencia de calidad entre Juan de la Rosa y el conjunto de la obra literaria de Aguirre, como La bellísima Floriana, teñida de romanticismo y nostalgia colonial, mientras Juan de la Rosa, aun siendo romántica, es la novela realista más vigorosa del siglo XIX, seleccionada como una de las 15 novelas fundamentales de la literatura boliviana por un equipo de expertos convocado por el Ministerio de Culturas. Se editó en Plural este año con estudio inicial de Gustavo García, quien lanza una hipótesis audaz: el autor de Juan de la Rosa no habría sido identificado, y don Nataniel sólo era su editor, según varias pistas que ofrece en el citado estudio.
Con todo, la personalidad de Aguirre no se reduce a la literatura, pues fue un hombre público de nota; muy joven peleó contra la tiranía de Melgarejo, y concurrió con hijos de León Galindo a la Batalla de la Cantería, donde murió fusilado uno de ellos, Néstor. Fue también celoso defensor de la heredad nacional en la guerra del Pacífico como una de las cabezas de la tendencia reivindicacionista, que quería la reanudación de la guerra, y partidario del federalismo, al influjo del Dr. Lucas Mendoza de la Tapia.
Era hijo de Miguel María de Aguirre y nieto de Manuel González-Prada, Intendente de Cochabamba en 1810 y de Jerónimo Marrón de Lombera, comandante de plaza por entonces.

Melgarejo era incorregible

Melgarejo era incorregible
Joaquín Aguirre Lavayén cuenta lo siguiente: El atentado criminal en La Alameda de Charcas dejó a Belzu con el cuello tieso, y se veía obligado a rotar el cuerpo cuando tenía que mirar a alguien desde un ángulo lateral; eso le daba a Manuel Isidoro un ademán solemne que parecía aumentar la omnipotencia de su cargo presidencial. Así lo percibió la esposa del General León Galindo (Josefa López González de Prada Marrón y Lombera de Galindo, madre de Eleodoro) cuando llegó desde cochabamba con un grupo de damas hasta el Palacio de Gobierno para interceder por la vida de un sargento revoltoso y borracho sentenciado a muerte, cuyo único mérito era estar emparentado por línea bastarda con la ilustre familia Antezana de la ciudad de Cochabamba.
--Melgarejo es incorregible --les dice Belzu a las señoras de Cochabamba que lo visitan.
Las damas bajan los ojos compungidas, se suenan las narices con sus pañuelitos de seda, pero luego insisten y le ruegan al Presidente de Bolivia que perdone al sargento Mariano Melgarejo, que va a ser puesto en capilla por el Gobierno de Belzu para ser fusilado en la plaza pública de cochabamba.
--Señor Presidente, el pobre hombre es padre de dos niñas...--dice a Belzu la señora de Galindo--. Quedarán sus guagüitas en la orfandad.
Otra señora implora:
--Señor Presidente, perdónelo, cuando ocurrió el levantamiento revolucionario, el sargento Melgarejo no estaba en su sano juicio. El hombre estaba borracho, no sabía lo que hacía.
--No le creo --dice Belzu--. El sargento Melgarejo es un bribón. Perdonar es una virtud, pero perdonar a ese bribón de Melgarejo sería castigar a Bolivia --responde Belzu.
--Señor Presidente, usted, que ha sido salvado de la muerte por la Virgen María. Usted, que es un devoto cristiano... La Virgen María recompensará su clemencia. Yo le juro que el sargento Melgarejo le será fiel hasta la muerte. Salve usted la vida de ese pobre hombre!
--Se arrepentirán, señoras --les dice finalmente Belzu a las señoras de Cochabamba al firmar la orden de perdón." (En las nieves rosadas del Ande, Editora El País, 1991, pg. 176.)

Más tarde, siendo Melgarejo Presidente, derrotó en la batalla de La Cantería a la milicia espontánea que luchó contra su tiranía, entre ellos Nataniel Aguirre, cuatro hermanos Galindo, Luis Quintín Vila y otros. Melgarejo ordenó fusilar a Néstor Galindo, hijo del Gral. León Galindo, que no logró superar el dolor causado por la muerte del joven poeta.

Pasado y presente del Cerro de San Pedro

Pasado y presente del Cerro de San Pedro
El nombre quechua del Cerro de San Pedro es Tata Kjiri Kjiri, seguido por los picos Llallahua (el Solterito) e Incacollo (El Abra). Se llamó San Pedro en homenaje a Pedro de Cerdeña o Cárdenas, quien ya en 1553 o un año después había formado el pequeño pueblo de Canata, ubicado al este de la actual Cochabamba. Se trataba de una pequeña aldea contigua a la de los descendientes de los Caris, los cuales ayudaron a Cárdenas a quemar el bosque del lugar donde se fundó el pueblo que se llamaría Canata, del quechua canan: quemar, incendiar.
En el sector noreste del Cerro de San Pedro, se extendió un valle fértil llamado Muyurina, de aproximadamente 200 hectáreas, que comprendía desde la cumbre ocupada hoy por el Cristo de la Concordia hasta las faldas del cerro y se prolongaba en el actual Jardín Botánico. Allí se asentaron durante 170 años las familias de Joseph de la Granda, Julián Quiroga, Mariano Enrique Moscoso, Juan de la Cruz Torres, Ramón Rivero, Ernesto Daza Ondarza y Olga Rivero Torres viuda de Daza Ondarza.
De 1965 a 1974, la Alcaldía Municipal expropió el área que actualmente ocupa el jardín Botánico “Martín Cárdenas” y el Parque “Cuarto Centenario”, y se nombró Director del Jardín Botánico Municipal al Dr. José L. Márquez B.
Este sector noreste de la serranía poseía una flora nativa estudiada por sabios botánicos como Tadeo Haenke, Alcide D’Orbigny, José B. Pentland, Miguel Bang, José Steinbach, Theodor Herzog, Francisco de Viedma, Noel Kempff Mercado y el padre Juan Cañigueral. El Hno. Adolfo de María Jiménez, de la orden de La Salle, en su libro Plantas del Valle de Cochabamba, describe un árbol milenario que sobrevivió hasta 1989 llamado Huayronco. El Herbario La Salle conserva la descripción de las plantas catalogadas por el Hno. Adolfo. Martín Cárdenas y sus discípulos también catalogaron las especies botánicas de la zona, en tanto que la fauna, en especial ornitológica, fue clasificada por Francisco de Viedma, Tadeo Haenke, D’Orbigny y Eugen von Boeck.
En los últimos treinta años, y particularmente en nuestros días, la serranía de San Pedro ha sufrido numerosas intervenciones, unas arbitrarias y otras oficiales. Entre las primeras, el Cnl. Darío Guzmán, Comandante de la Escuela de Sargentos Maximiliano Paredes, consagró su afición a los caballos mandando un batallón de conscriptos que construyó una senda en la falda este, que hoy es curso de aguas pluviales y una seria amenaza a la vida vegetal de la zona. Entre las segundas, en 1993, la Alcaldía Municipal abrió vías de acceso en el sector Noreste, rompiendo la armonía del medio ambiente de la serranía y alentando asentamientos humanos legales o ilegales en una zona que se extiende hasta El Abra.
Razón tiene el Dr. Daza Rivero en pedir que se preserve a toda costa el último ecosistema natural que tiene la ciudad de Cochabamba. La rinconada del sector noreste era patrimonio municipal, es decir, de todos los cochabambinos, pero hoy se ha convertido en propiedad privada, con numerosas construcciones particulares y acceso restringido.

Adela Zamudio y el Alto de la Alianza

Adela Zamudio y el Alto de la Alianza
En 1878, el padre de la poetisa Adela Zamudio Ribero compró una propiedad en Viloma que compensaba la pérdida de su antigua propiedad en Corani. Un lugar más accesible y simpático, a seis leguas de la ciudad y en el mismo valle de Cochabamba, modesto y encantador retiro que inspiró a doña Adela. Aquel año que precedió al estallido de la Guerra del Pacífico hubo sequía, peste y hambruna. Doña Adela socorrió tanto en la ciudad como en la quinta de Viloma a cuantos menesterosos buscaban cristiana asistencia. Augusto Guzmán cuenta la siguiente anécdota: “Habiendo subido a socorrer a una anciana solitaria que vivía en una rústica choza sobre una escarpada peña, y a quien llamaban “La Bruja”, ésta le pronosticó en mayo de 1880 la derrota del Alto de la Alianza”. La poetisa escribió: “De pronto la extravagante / vieja, turbado el semblante, / con ademanes de loca, / miró el ocaso un instante / de pie en lo alto de la roca. / “¿Ves, niña? ¡El destino es ciego!” / dijo y lanzó un alarido. / “¿Ves esa nube de fuego? / ¡Esa es la batalla!” y luego / añadió: ¡Nos han vencido!”. Otra estrofa del mismo poema sobre la batalla del Alto de la Alianza dice: “Solo en el mundo, el infeliz soldado / ni hermanos tuvo, ni amorosos padres / que fuesen a buscar en el desierto / la piedra helada en que regó su sangre. / La historia sólo cuenta las hazañas / que honraron a los grandes generales… / ¡Murió desconocido / como suelen morir los inmortales!”. (GUZMÁN, Augusto: Adela Zamudio, Librería Editorial Juventud, La Paz, 1986).

SIGLO XX: LA IDEOLOGÍA DEL PROGRESO La polémica de la Señorita Zamudio con Fray Pierini

SIGLO XX: LA IDEOLOGÍA DEL PROGRESO
La polémica de la Señorita Zamudio con Fray Pierini
Los años 1913 y 1914 despertó el anhelo de la educación laica al influjo de la reforma educativa emprendida por el gobierno de Ismael Montes y la Misión Belga, encabezada por Georges Rouma. La nueva causa tuvo en Adela Zamudio una defensora tenaz. Rouma había recomendado la supresión de la asignatura de religión en los programas de enseñanza. La Liga de Damas Católicas organizó un Concierto Infantil en el Teatro Achá el sábado de vísperas de las fiestas del 14 de septiembre de 1913 para financiar con esos fondos un Curso Superior de Religión, en desafío al auspicio oficial de la educación laica. Eran niños de 5 y 6 años y les tocó interpretar escenas “un tanto escabrosas” de La Mascota de Audán y La Viuda Alegre de Lehar. Entonces se encendió la chispa, porque doña Adela publicó en El Heraldo del 23 de septiembre su artículo “Reflexiones”, lamentando que los padres de familia confíen la educación moral de sus pequeños sólo a la enseñanza religiosa. Una semana después, El Ferrocarril publicó el artículo “Reparos, de Fray Francisco Pierini, fechado en el Convento de Tarata en 28 de septiembre. Debió ser ofensivo el Tata, porque le salieron al frente el periodista Rodolfo Montenegro y don José Macedonio Urquidi, ambos en El Comercio. En cambio, Alejandro Soruco apoyó a Fray Pierini desde las páginas de El Ferrocarril. Como se verá, el prestigio de la señorita Zamudio subió en tal forma que una década después fue coronada en la Plaza 14 de Septiembre durante el gobierno del Dr. Hernando Siles, hecho único en el país y en el continente.
Los apoyos a la señorita Zamudio no se detuvieron: recibió 300 tarjetas de felicitación por su artículo, según informó La Verdad, de La Paz, y a moción de Ricardo Bustamante, el Consejo Universitario de Cochabamba le confirió un voto de aplauso. Un redactor de El Norte de La Paz echó leña al fuego con estas palabras: “No es de creer que la señorita autora del artículo que critica al Padre Pierini deje sin repuesta los “Reparos” del honrado sacerdote. El artículo de este último ha sido escrito con bastante calor y no corresponde a la cultura que se admira en el artículo de la poetisa cochabambina.”
Claudio Peñaranda expresó su adhesión a doña Adela en La Mañana, de Sucre, calificándola del siguiente modo: “Genial temperamento lírico, cuyas actuales energías de corazón y de cerebro están dedicadas por entero a la noble tarea pedagógica, desde la dirección del colegio oficial de niñas. La palabra autorizada, severa y gallarda de la primera portalira de América, a la vez que la más distinguida escritora boliviana, da en esta ocasión la nota de alarma sobre uno de los males de nuestra sociedad presente: los dañosos rumbos de la moral religiosa, incomprensiva de su misión e inconsciente de su rol educativo, que tuercen los naturales impulsos de la inocencia infantil y pervierten la inteligencia inmaculada de la niñez.” Peñaranda agregaba que “sólo en las escuelas laicas hay la comprensión de la moral verdadera, de la moral humana, y de que toda la intromisión católica dentro del sagrado recinto de los deberes y de las normas de conducta sólo puede producir eso que fue siempre el más fuerte símil bíblico: “las manzanas podridas sobre los sepulcros blanqueados”.
La polémica trascendió a “El Cristiano”, de Santiago de Chile, y los alumnos de la Facultad de Derecho, de Cochabamba, le obsequiaron una pluma de oro a la “primera portalira”.
La Capital, de Sucre, apeló al infalible vitriolo chuquisaqueño para herir a doña Adela en las entrañas: “Puede la poetisa del Tunari ser “la primera portalira de América”; pero no es ella que ha llegado a la edad del desengaño sin formar hogar, quien ha de enseñar a las madres la educación de sus hijas.”
El Diario, de La Paz, manifestó su simpatía por la señorita Zamudio; pero El Ferrocarril, de 24 de diciembre de aquel año volvió a publicar un brulote del “iracundo capellán del convento de Tarata, Fray Pierini, en la cual acusaba a la poetisa de ser la autora de una carta abierta y anónima publicada en La Mañana, de Sucre. La poetisa contestó: “Es usted muy valiente con una señora… que no goza de los prestigios que usted ataca”. Las palabras que siguen son épicas: “Lo que evidentemente irrita a usted es que una cualquiera, como yo, una mercenaria que gana el pan, tachada, además, de irreligiosidad, se haya atrevido a denunciar un error de matronas piadosas, ricas e influyentes. Si esa es la moral católica, que usted tanto encomia, yo no la profeso, ni la enseñaré jamás a mis alumnas. Yo profeso la moral humana, la inmutable, la que aquilata la virtud donde se encuentre, humilde y desconocida, y condena el error sea quien fuere el potentado que ha caído en él. Aunque no lo expresa usted, da a entender que, como maestra, me considera indigna y peligrosa… porque no me he dedicado a escribir salves y novenas. Bien se ve que le duelen hondamente los títulos de escritora y de poetisa que me arroja usted a la cara con marcada ironía. No acierto a comprender qué tiene que ver un fraile con personalidades literarias de un país que no es el suyo.”
El Comercio, de Cochabamba, no se ahorró epítetos para Fray Pierini y para sus artículos “mal escritos”, que ultrajaron torpemente a “la más alta gloria nacional”. Lo acusa de ser cultor de la “hipocresía jesuítica” y de ser un “fraile díscolo y mentecato”. “Lo más extraño es que un fraile extranjero ultraje a una distinguida dama, que es el orgullo nacional, y también ultraje al Venerable Obispo, a quien le adjudica el calificativo de Juan Lanas. Ese fraile que, abusando la generosa hospitalidad que le presta el país, no tiene derecho para tomarse la libertad de injuriar y difamar lo más casto y respetable que tenemos.” Pierini había dicho que cualquiera de los profesores de sotana larga valían más que Adela Zamudio, y El Comercio le contestó: “Pues, sepa el díscolo Reverendo que en nuestro concepto que es el de la mayoría del país en que medra, Adela Zamudio vale más que él y todos los frailes reunidos del mundo.”
El Tiempo, de Potosí, dijo que la señorita Zamudio “lanzó una clarinada de lucha contra una mala educación llevada a cabo en algún colegio de Cochabamba, buscándose la inemistad (sic) de las señoras, clérigos y algunos jesuitas de leva corta, enemistad fatal y persistente. Pero aconsejamos a la señorita Zamudio que agradezca esa guerra; pues, está labrándole su pedestal de gloria.”
Claudio Peñaranda advirtió, en La Capital, de Sucre, los aprestos de “el Pierini de La Paz, el demagógico jesuita Francisco de la Cruz, reputado como cuervo de primera clase entre las aves de presa de la Compañía… (que) afila pico y uñas para iniciar su campaña en la capital de la República”.
Estos aprestos precipitaron el clamoroso respaldo a doña Adela de personalidades como Franz Tamayo, Tomás Manuel Elío, Bernardo Trigo, Rodolfo Soria Galvarro, Rosendo Villalobos, Pedro Aniceto Blanco, Gregorio Reynolds, Emilio Finot, Juan Francisco Bedregal, Abel Alarcón y Raúl Jaimes Freire, entre muchas otras.
A estas alturas, la polémica se había prolongado a enero de 1914, y los detractores y detractoras de doña Adela no declinaban la contienda. La Capital, de Sucre, acusó a la señora Zamudio “de recomendarse ante el gobierno, como si tuviera necesidad de actos indignos para sostenerse en su empleo de maestra de escuela”; de chismear “al Padre Pierini ante el Partido Liberal, ante el gobierno y particularmente ante el señor Montes, presentando al humilde franciscano como a un conspirador implacable, como a un rebelde y traidor al progreso boliviano.”
En fin, las damas cochabambinas, cuyos maridos no coincidían con ellas, entregaron una cruz de oro como reconocimiento a Fray Francisco Pierini. Lo importante es que doña Adela sólo había publicado el artículo inicial y una “Carta Abierta” para hacer frente a las acusaciones de Pierini; pero el 20 de marzo de 1914 publicó dos artículos titulados “Temas Pedagógicos”, en los cuales denunció el perjuicio que ocasionaba la ausencia de educación secundaria para mujeres. Poco después, en agosto de 1914, publicó el artículo “Por una enferma”, escrito con una intensidad digna de Edgar Allan Poe o de Villiers de L’Isle Adam (tal como lo sugiere Eduardo Ocampo Moscoso), que denuncia las consecuencias del claustro a la que fue sometida la monja Josefa Bascopé: “Desde el momento en que, por el engaño o por la fuerza, fue introducida en ese recinto (el convento), el universo quedó reducido para ella a esas cuatro paredes y al pedazo de cielo que alcanza a ver sobre su cabeza. ¡Una cárcel dentro de otra cárcel! ¡Una tumba dentro de otra tumba.”
El diagnóstico prejuicioso de la Superiora la ha calificado como enajenada, y entonces doña Adela pregunta: “¿Qué es, pues, sépalo el público por fin, qué es la hermana Josefa? Si es una religiosa, debería tener su puesto al lado de sus hermanas, en el claustro, en el coro, en el refectorio. Si es una enajenada, por qué no intentar su curación fuera del claustro? Si es una criminal, existe un ministerio público que puede juzgarla. Criminal.”
La hermana Josefa Bascopé había ingresado al claustro en la adolescencia; tenía apenas 31 años cuando vivía recluida en una celda oscura por una vaga acusación de demencia. Era una mujer marchita y desdentada, y su único afán había sido tejer un velo con los cabellos de niña que había guardado hasta entonces.
Era una acusación muy dura contra las monjas clarisas, a tal punto que el Fiscal del Distrito, Isaac L. Beltrán, investigó el asunto, pero concluyó que Sor Josefa estaba “rematadamente loca” y que era innecesario redimirla de su prisión, “lo que quiere decir que estaba destinada a morir en el pequeño manicomio que se ha construido en el interior de su convento”, según palabras de doña Adela.

Adela, Manuel y Cesáreo

Adela, Manuel y Cesáreo
Adela Zamudio, Man Cesped, Cesáreo Capriles y Rodolfo Montenegro fueron contemporáneos y cultivaron una amistad estrecha. El Cronista de la Ciudad ha tratado de imaginar cómo habría sido la tertulia de la señorita Zamudio en el patio solariego de su casa. Veamos.
Amanece muy temprano en primavera. Hoy preferí encerrarme en el oratorio para no encontrarme en la misa con la cara del Padre Izquierdo. Anoche pequé, Señor, me reí a carcajadas de tu ministro. No me compadecí de sus defectos y no paré de reír al ver la mirada socarrona de Cesáreo y los pujiditos de Manuel, que le sacuden el vientre. Leía Rodolfo, Rodolfo Montenegro; Manuel se sentaba al lado de su hermano Pablo; Cesáreo saboreaba el té de manzanilla que me había pedido para distinguirse del chocolate batido que era una de las delicias de Manuel endulzado con miel de abejas.
Rodolfo se atusaba el bigote mientras leía sus lindezas. ¿O eran de Pablo? No importaba, pero no saldrían a la luz en El País, como queríamos, y sólo circularía de mano en mano, para escándalo de mi buen amigo Julio y para regocijo del joven Demetrio.
--Nunca hubo en Cochabamba un hombre más popular que el padre Izquierdo, cuyo temperamento estrafalario, fue una rara mezcla de fatuidad, estupidez e ironía, todo digno del concepto piramidal que siempre tuvo de sí mismo –leía Rodolfo.
Confieso, Padre, que me burlé de tu ministro. Eso de concepto piramidal se lo escuché muchas veces a Manuel, con la complacencia de una persona tan sencilla como Cesáreo. ¿Cómo mirarle de frente allí en el púlpito y cómo no reírme de sus sandeces? Todavía estaba fresca la polémica que se le había ocurrido con Camille Flamarion y las preguntas retóricas que lanzó desde el púlpito a tan ilustre astrónomo: ¿Ha hablado Camilillo con los habitantes de la luna? ¿Tienen o no tienen cola? ¿Oyen misa sentados o parados? ¿Cómo se llama el obispo de la luna? ¿Cuántos sacerdotes hay? ¿Quién les ha enseñado latín?
Como Camille no contestó, el padre Izquierdo se dio por satisfecho. ¡Había ganado el debate!
Pero Rodolfo proseguía:
Oriundo de una comarca próxima, debió haber nacido antes que la república, pues los viejos más viejos de Cochabamba, lo conocieron casi tan viejo como cuando dejó de existir.
Cesáreo fruncía el entrecejo y acentuaba el rictus irónico de su amplio rostro. A principios de año había asistido al Congreso Eucarístico desde la galería del Teatro Achá, y cuando el santo obispo Granado le cedió la palabra a su secretario apostólico Pierini, y éste preguntaba retóricamente por qué Bolivia se había estancado, por qué no hallaba la senda del progreso, por qué se aferraba a la tradición, Cesáreo se levantó y gritó: ¡Por los curas! Y se fue olímpicamente.
Era fama que ahuyentaba a la clientela de su farmacia con argumentos contundentes: Váyase aquí al frente, donde encontrará usted la misma pócima y más barata. Mantenía esas relaciones con Ubaldo Anze, dueño de la Farmacia Boliviana. No le importaba vender sino ser justo y si algún defectillo se le reprochaba era que no daba la mano a nadie y usaba de la pastilla de jabón como un obseso. Conmigo hacía excepción cuando tomaba mi mano y la besaba, pero no habría ofrecido la suya ni a Jesucristo. Perdón, Señor, por volver a blasfemar. Ese era su único defecto, y tal vez el traje negro que no se había quitado desde que murió Mariquita, su madre, traje verde, más bien, pues el negro es una ausencia impenitente que no tarda en parecerse a una hoja de coca.
Manuel sonreía beatíficamente. Si los prelados de la Iglesia fueran escogidos entre los más justos y apacibles, Manuel hubiera sido Papa. Dispénsame, Padre, por tratar de adivinar tus designios. Pero es que no le conocía otro regocijo que el de traerme una orquídea con instrucciones para conservarla tan lejos del clima húmedo del Chapare. Duraría poco más que la rosa que un día Manuel desposó y cuyos pétalos le rozaron la frente como el único beso conyugal que recibió en medio siglo de vida. Eso quizá nos unía: el celibato llevado con regocijo y bastante más que paciencia; la prescindencia de una pareja que nos impidiera vivir plenamente tal como éramos. Eso y pensar lo mismo, al unísono, como aquella vez que los fabricantes de velas vaciaron la esperma en la puerta de la Prefectura para protestar por el tendido de energía eléctrica. ¡Pero si todavía Francisquita temía que las bombillas encendidas provocaran un incendio! ¡Y con qué alarma las soplaba para advertir que la llama de una vela se apaga con el soplido, pero el terco filamento de la bombilla permanece encendido!
O bien aquella otra vez en que se inauguró el tranvía y los dueños de carretas de alquiler lanzaron el ganado mular a la Plaza 14 de septiembre, para que las bestias protestaran sembrando en el empedrado sus desechos. Cesáreo había corrido a verme, y poco después llegaba Manuel con el color del arrebato en las mejillas y la luz del entendimiento que lo hacía brillar como una bombilla. ¡Se oponían al progreso, Adelita! ¡Soñaban con una aldea sumergida en bosta y esperma de velas! Sólo faltaba que gritara Fiat lux, fiat lux, para festejar la introducción de la energía eléctrica.
Perdóname, Señor, por ceder a la tentación de degustar el guindado que trajo Manuel. ¿Cómo resistirse si me traía el aroma y la memoria de mi infancia? El aire de la noche estaba sereno en el patio cuadrado que alumbraba un par de bombillas, pero allí, en Corani, en la finca de mi padre, cómo nos gustaba arrebujarnos en esas gruesas cobijas, junto al fogón de la cocina, para oír historias de aparecidos. Y de pronto llegaba Manuel, flacucho y adolescente, con el bozo que le aparecía por primera vez sobre el labio, y me extendía un cesto de guindas frescas. Era menor que yo, pero anoche, al ver su rostro bajo la incipiente calvicie y la curvatura del vientre, podía comprobar que Manuel jamás había perdido la pureza de su mirada de adolescente, mirada sin dobleces, sin solapas, sin medias tintas, pura y mansa como la de un potrillo o un perro de la familia. Con esa mirada medía mi contento al tomar las guindas entre los dedos y llevármelas a la boca, frente a la pampa helada de Corani, donde los cultivos de papa se perdían en el horizonte. Papa de Corani, papa de Colomi, guindado para disipar el frío nocturno. ¿Cómo resistirme a aceptarle una copita mientras veía que él saboreaba ese licor perfumado que era el orgullo de su casa de hacienda?
Cesáreo no bebía alcoholes y no había que insistir porque tomaba su sombrero y se marchaba sin despedirse; en cambio Pablo y Rodolfo vivían la bohemia de la pluma y del olor a tinta de imprenta.
Nos reuníamos usualmente los cinco, pero a veces nos encantaba platicar con los muchachos Anaya, con mi sobrino Rodolfo, cuya pasión era registrar nuestros gestos en esa máquina misteriosa que congelaba risas y tiempos, y con el joven Canelas, cuya novela me había regocijado por la fina ironía con que registraba el alma pechoña de la aldea. Eso era Cochabamba, un estero de aguas estancadas; pero ahí estábamos Manuel, Cesáreo y Adela para sacudir la pátina de las almas y soñar con un mundo nuevo.
Solía venir también José Antonio, el joven del clan Arze, junto a su primo Ricardo, y ambos comentaban la última travesura de Franklin y Rafito. Perdónalos, Señor, porque apenas dejaron de ser niños. Perdónalos por colarse a tus templos para echar tinta azul al agua bendita. ¿Qué sería de la paz de la aldea si no la sacudían estas pequeñas travesuras?
Hoy me encerré muy temprano en el oratorio y no abrí mi devocionario. Perdóname, Señor, por no haber querido hacerlo, pero sólo quiero platicar contigo sobre la ventura de compartir mis emociones con Cesáreo y Manuel. Hoy es domingo. Por la tarde tendré tiempo para preparar mis clases en la Escuela San Alberto.
La mara, con ser mara, cede y se curva a la humedad y al tiempo. Todavía recuerdo el día en que Manuel trajo esos tablones y los afanes que lo ocupaban junto a su hermano Pablo para armar ese estante ahora repleto de geranios y otras macetas de hierbas humildes. Manuel amaba la quilquiña por la criolla rotundidad de su aroma, pero su olfato solía reconocer aromas tenues como el del tomillo, el romero o el muérdago, y Pablo decía que su hermano era capaz de destilar perfume de achicoria, incluso de lechuga. Manuel sonreía enfilando las macetas una a una en el estante de madera mara. Es mara, Adelita, madera eterna y santa, como la hostia. Él había fabricado ese banco de palos sin desbastar, que ya mostraban los estragos del tiempo, como en este rostro surcado por las arrugas que dejan la soledad y el insomnio. Le insisto a Rodolfito que no me incluya en sus imágenes, pero es inútil. Había que ver su regocijo cuando me mostró la Plaza llena de gente que asistía a mi coronación, y su decepción al comprobar que mi interés se había fijado en las vendedoras de rosquetes, en ese heladero que empujaba su carro a tracción humana y esas confiteras que seguramente no entendían qué ocurría en los balcones de la Prefectura, mientras el Presidente Hernando Siles saludaba a la multitud y, a su lado, mi primo Ramón, su ministro de Hacienda, saludaba a los parientes.
Hoy es domingo y una decadencia temprana se cierne sobre este patio. Los canarios enmudecen y el loro cavila sin las estridencias dominicales de otros tiempos. Quizá extrañan mi ausencia a esas horas en las cuales solía ir a misa a Santo Domingo; pero es que anoche pequé, Señor, y no siento nada que se parezca a un propósito de enmienda cuando recuerdo la voz zumbona de Rodolfo Montenegro y el estallido de la risa franca de Cesáreo, que acabó por soltarse mientras se aflojaba el chaleco.
--Magnífico ejemplar del autóctono hecho cura, no tenía para qué ocultar su origen: bien claro lo decían el continente ordinario, el color, la cabeza de antropoide y sobre todo el cuero, virgen de lancetazo alguno, como que no hubo avispa capaz de habérselas con él.
¿Podía acaso reconocer alguna palabra que viniera del ingenio de Manuel? ¿O del ácido humor de Cesáreo? No, esas lindezas las escribía Montenegro, y luego que se publicaban eran la comidilla de la aldea.
--Bruto como un hipopótamo e ignorante como un buey –perdónenos el padre, puesto que el cronista debe ser verídico—así bruto se sabía un superhombre y exteriorizaba el concepto de su propio valimiento, en el rictus de olímpico desdén con que escuchaba a sus contendores y discutía los más bárbaros absurdos, fomentando el humorismo aún en los espíritus más adustos y poco amigos del donaire.
Allí donde se sentaba Manuel se había acomodado Carlos Medinaceli junto a José Cuadros Quiroga. Medinaceli quería saludarme y luego del cumplido, conocer al Tagore boliviano. Pepe Cuadros ya se había ganado desde chico el mote de El Gato que Fuma, un jovenzuelo flacucho prendido a un pucho; tenía el humor seco y austero del fumador y sin embargo cómo le divertían las hazañas del mayor de los Anaya, con decir que las beatas que asistieron al Congreso Eucarístico salieron en procesión y gritaban: ¡Viva Cristo Rey, muera Ricardo Anaya!
En qué iría a parar el congreso de estudiantes que habían armado Arzes y Anayas. La vida no me daría tiempo para saberlo. Pero ese era el motivo de la visita de Medinaceli. Luego Manuel me contaría que lo sorprendieron en el patio a dos cuadras de la Plaza, a tres de esta casa, donde alquilaba un cuartucho porque vivía más entre las rosas y las raras especies que cultivaba. El portón estaba abierto y Manuel, enfrascado en abrir un pequeño hoyo en la tierra húmeda para almacigar unas semillas. Medinaceli tenía el aire de haber preparado un discurso, pero seguramente lo desarmó la sencillez apostólica de Manuel. Ah, Manuel, cómo se resistía a leer esos libros que devorábamos con Cesáreo y que iban de mano en mano. Él prefería sus catálogos de semillas y sus grabados de plantas exóticas. Qué mala ortografía, Señor, y sin embargo qué versos seráficos salían de su pluma.
Rodolfo calificaba al padre Izquierdo de “absurdo con tonsura”, de ente ridículo hecho para solaz del pueblo burdo, y de fino cultor de una jerga inimitable, mitad quechua, mitad castellano. Ahora entraba yo en escena y Rodolfo ponía en boca del padre Izquierdo las siguientes palabras: “Choy, Adela, mirámelo esto, porque yo estoy algo olvidado en los versos. Lo que es en prosa, te doy la zurda.”
Cesáreo me inquietaba porque había reunido a los jóvenes en torno a su revista y cada número que salía era motivo de novenas y triduos de penitencia propiciados por las beatas.

La fundación de ELFEC

La fundación de ELFEC
El siglo XX y las corrientes liberales trajeron a Cochabamba la ideología del progreso, que pugnaba por imponerse en medio del clericalismo más conservador, el fruto más conspicuo de la pax colonial que había vivido la vieja Villa de Oropesa desde su fundación hasta bien entrada la República. La jerarquía de la Iglesia tenía una extensa red de relaciones sociales cuya cabeza visible era el ex Presidente Mariano Baptista Caserta, gran orador y acaso única mentalidad del viejo Partido Conservador, pues los Presidentes Arce y Pacheco eran ricos mineros, pero no habían elaborado un ideario como el que enunciaba Baptista en sus vibrantes discursos. ¡No en vano le decían Mago!
La ideología del progreso quería superar el lastre colonial con sus calles mortecinas, alumbradas por “luz a sebo” y sólo en las noches sin luna, que no habían cambiado desde la fundación de la República. Es útil revisar el periódico El Cóndor de Bolivia, durante la Presidencia del Mariscal Sucre, para medir sus afanes con motivo de la celebración del primer aniversario de la Batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1825, en presencia del Libertador, que había llegado a la nueva República Bolìvar en septiembre. Bolívar decretó que los festejos de la Batalla fueran solemnes y se realizaran en toda la República, pero apenas se conmemoró una fecha tan importante en su primer aniversario, y luego pasó hasta hoy al olvido. Sucre se preocupaba con los aprestos del banquete oficial y el alumbrado público, inmerso en la polémica de entonces sobre si era mejor la luz a sebo o un nuevo combustible que generaba discusión entre los entendidos: el aceite de ricino, llamado también aceite de castor (castor oil), cuya aplicación conocida desde los Faraones de Egipto era la de purgante.
La Paz tenía alumbrado público a gas desde 1888, pero Cochabamba nunca hizo ese intento. Aquel año se creó la empresa “Alumbrado Eléctrico y Aguas Potables”, con electricidad que se generaría en la Laguna San Juan, Cordillera del Tunari, pero no prosperó. En noviembre de 1902 llegó a Cochabamba el biógrafo Hellec, antecedente del cinema, pero tenía que transportar su generador de electricidad a lomo de mula.
Los jóvenes creían en el progreso y lograron imponerse con la creación de la Sociedad de Luz y Fuerza Eléctrica Cochabamba (ELFEC) en 1908. Hay testimonios orales de la cólera de los antiguos fabricantes de velas, que habrían echado sebos y espermas en la Plaza 14 de Septiembre en señal de protesta; pero nada detendría a los pioneros de la modernización del país y de nuestra villa, porque se trataba de una oferta de servicios a un mercado seguro y al abrigo de las fluctuaciones de la oferta y la demanda o de la competencia desleal del contrabando. Además, la convocatoria inicial había conmovido a los empresarios más prósperos, encabezados nada menos que por Simón I. Patiño, de modo que en 1939 ya controlaba el 60 por ciento de las acciones mientras tres bancos tenían el 18 por ciento del paquete accionario y el resto de los socios se repartía el 22 por ciento restante.
Un alarde de modernidad realzó las fiestas del Centenario de la República iluminando como jamás antes se había visto la Plaza 14 de Septiembre. Uno imagina la sensación de gozo que debieron sentir Adela Zamudio, Man Cesped y Cesáreo Capriles, que cultivaban una vieja amistad y compartían ideales y sueños de progreso. Precisamente el sobrino de doña Adela, Rodolfo Torrico Zamudio, inmortalizó esa noche de regocijo con su infaltable cámara Zeiss.
El origen social de los primeros 50 accionistas estaba muy enraizado en las familias tradicionales de Cochabamba, siendo los diez primeros Simón I. Patiño, Luis Sierra Galvarro, Alberto Wunsch, José Antonio Quiroga, Alicia D’Arlach viuda de Blanco Galindo, José Espada, Rafael Urquidi, Federico Rocha, Ricardo Ayala y Elena Santa Cruz de Quiroga, el primero con 30.006 y la última con 200 acciones.
La prensa de la época destacó la suscripción inicial de 17 mil acciones de 50 bolivianos cada una, que fueron adquiridas por prestigiosos vecinos de la élite cochabambina. Uno de ellos es Rafael Urquidi, pionero de la modernización de Cochabamba, cuyo busto permanece por casi un siglo en la Avenida Heroínas frente a la antigua y tradicional ubicación de las oficinas de ELFEC. Otros vecinos citados por la prensa son: Mariano Reynolds, María Jesús Adriázola, Israel Anayua, Ernesto Galindo, José Reza, Teodosia Sainz, Antonio Cossío y Enrique Fieberg, maestro cervecero de la Taquiña, los cuales conformaron el primer directorio.
La medida clave fue la compra de la finca Chocaya, que tenía un salto de agua, y la importación de 3.000 quintales de maquinaria y material eléctrico, que consistían básicamente de 2 turbinas de 300 caballos de vapor, que generarían 200 KWA gracias a la caída de agua de 80 metros. El compromiso inicial de dar electricidad a Cochabamba el 6 de agosto de aquel año fue pospuesto para el 14 de septiembre, por la época de lluvias, y la maquinaria fue transportada por “Carretera Tunari”; fue instalada por Francisco Zangle y Ricardo Cox y el tendido de 18 kilómetros de línea a Cochabamba lo realizó Félix Sánchez de Lozada.
De este modo, a las 19:00 de aquel 14 de septiembre de 1908, una muchedumbre de 15.000 personas ganó la plaza y vio la luz a las 20:30 en medio de dianas y hurras. Una banda de música interpretó el Himno Nacional, La Marsellesa y el Himno a Cochabamba, y la Sociedad Calatayud hizo una Guardia de Honor ante la Columna de Septiembre, debidamente adornada con focos. A las 22:00 cesó la iluminación debido a una tempestad desatada en las alturas de Chocaya.
Para 1943, las acciones de Simón I. Patiño fueron controladas por el Municipio de Cochabamba (52%). Un año antes, la revolución de 1952 había inaugurado otros tiempos en los cuales las familias tradicionales ya no tenían la influencia de antes. En realidad, ya en 1941 Simón I. Patiño había transferido sus acciones de ELFEC a la Fundación Universitaria que llevaba su nombre, y dos años después, dicha Fundación las vendió a nuestro Municipio.
La energía eléctrica permitió el servicio de tranvía, también proporcionado por ELFEC, y ocasionó las protestas de los dueños de diligencias y otros medios de transporte de tracción animal, los cuales, según la tradición oral, organizaron una pintoresca manifestación de protesta en la Plaza 14 de Septiembre concentrando en sus jardines numerosos mulos arrieros, que no tuvieron el menor escrúpulo de dejar en la augusta Plaza sus huellas digestivas.
Eran los tiempos de la electricidad, del tranvía, del teléfono y del automóvil, que muy pronto sacudieron la modorra de nuestro campanario.
La Sociedad de Luz y Fuerza Eléctrica Cochabamba inició sus actividades el 14 de septiembre de 1908. La ciudad no tenía más de 35.000 habitantes, pero sus élites –liberales, republicanos y católicos—se unieron contra el centralismo de La Paz y el argumento manido en la época de que retardaban la conexión del valle con la red de ferrocarriles. Uno de los frutos fue la creación de la nueva sociedad, que satisfacía un anhelo prolongado desde 1888. Era el modernismo que se levantaba contra la herencia hispana e indígena, que nos ataba al pasado; el afán de importar máquinas de vapor, electricidad, telefonía y ferrocarriles para desarrollar la minería y la industria y convertir a la Cochabamba agrícola en una sociedad moderna.
La política librecambista impuesta por el liberalismo en el poder había liquidado las artesanías y la agricultura locales, que no podían competir con la libre importación de alcoholes, azúcar, harina y otros productos chilenos y peruanos.
Los hacendados cochabambinos pensaron entonces abrir nuevos mercados en el Oriente del país, aprovechando el auge del caucho. Así se fundaron la cervecería Taquiña (1893-1895) y la Cervecería Colón (1898-1900) y se fabricó alcohol de maíz, mientras la población sin recursos emigraba a trabajar en las salitreras chilenas o en las minas bolivianas de estaño.
Había un anhelo de superar la sociedad señorial “basada en la fuerza del indio y la paciencia del borrico”, como dijo el munícipe Simón López en 1915. A principios del siglo XX, Cochabamba no tenía más de 25.000 habitantes y carecía de alcantarillado, agua domiciliaria, transporte colectivo, teléfonos y electricidad. Pero ya se iniciaba la era del estaño y se abrían otros tiempos.
De este modo, la Sociedad Luz y Fuerza Eléctrica Cochabamba se creó por escritura de 18 de marzo de 1908 y se fijó como objetivos el alumbrado público, la instalación de tranvías y molinos y la fabricación de ladrillos y tejas. El ferrocarril llegaría a Cochabamba en junio de 1917.